16 de abril de 2012





¿La fotografía es arte?






Cuando la fotógrafa es Sara Facio, sí. Los personajes más célebres de la Argentina, y algunos del mundo entero, están en la muestra retrospectiva de sus obras que viajarán luego por todo el país. Son mucho más que rostros, composiciones de luces y sombras y circunstancias. En cada foto, Sara Facio desnuda el alma de su modelo.
  
Ella dice que siente devoción por los creadores, que lo más maravilloso que puede existir sobre la tierra es un creador de arte, no importa que sea pintor, escultor, escritor o fotógrafo. “Son mis héroes o mis heroínas”, añade. Ella es Sara Facio, devenida fotógrafa cuando quería ser historiadora de arte. Todo comenzó cuando, en 1955, viajó becada a París para estudiar Historia del Arte y se encontró con un amigo que le recomendó que se comprara una cámara fotográfica.  Y, desde entonces, comenzó un romance entre ella y las imágenes, un romance que no cesa, una relación maravillosa, tal como se puede ver en sus libros o en la exposición retrospectiva de sus trabajos que, en unos días, se trasladará a diferentes capitales y ciudades provinciales, una exposición itinerante que permitirá a los argentinos apreciar sus obras.

–Y cuando fue a París, Sara, ¿sus padres se pusieron contentos? 
–Mamá sí, estaba encantada. Papá estaba preocupado, una chica de veinte años sola en París… En ese París de 1955, la posguerra aún hacía sentir sus efectos, y beca o no beca, Sara tenía que cuidar sus centavos. Apenas se permitía ir a tomar un café de vez en cuando “al Fiore, en la mesa de al lado de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sastre. ¿Si hablé con ellos? No, yo era tímida y no me animaba.”  Cuando regresó, junto a su condiscípula y amiga Alicia D´Amico comenzaron a tomar fotos como profesionales. Pero nada de fotos artísticas: el padre de Alicia tenía una casa de fotografía, y ellas sacaban escenas de cumpleaños, bautizos o casamientos. Y estudiaron y fueron aconsejadas por Annemarie Heinrich, hoy una leyenda de las fotografía.

–Y entonces empezaron los libros. –
No tanto. Nos asociamos al Foto Club y tuve la suerte de ganar un concurso. Mi padre se emocionó, y yo también. Pero empezamos a colaborar, Alicia y yo, en el rotograbado del diario La Prensa, y después en La Nación. Sin dejar la fotografía como trabajo, sin dejar de hacer fotos de casamiento o de comuniones, claro. Pero yo admiraba a Otto Steiner, un fotógrafo alemán que hablaba de la fotografía subjetiva.    

 –Volvamos a París. O a Europa. ¿Pudo viajar? 
–Sí, viajaba “a dedo”. Estuve en Alemania, y en Bélgica, y recorrí Italia. En Italia hice una vez “auto stop” y el que me llevó era un senador que se indignó de que anduviera sola por los caminos: “Ma, ¿cuesta e forma de girare por el mondo? ¿Una signorina?”, se enojó. Pero tuve suerte. Nunca me llevé ningún susto ni tuve miedo..

–Sara, ¿solamente hizo fotos sociales y artísticas?
 –No. Con Alicia hicimos fotos publicitarias. El primer trabajo fue para la Transatlántica, una empresa aérea que voló muy poco tiempo. Pero pudimos, Alicia y yo, volver a Europa gracias a ese trabajo. Y también la campaña de la máquina de escribir Lexicon, de Olivetti, y muchas más. Nos pagaban muy bien.

–Y llegaron los libros. –Por suerte. Pero recién en 1968, con un libro llamado Buenos Aires-Buenos Aires, Más de 200 fotos, con textos de Julio Cortázar.

–¿Eran amigas de las celebridades?  
–Bueno…cuando conocimos a Julio él no era tan famoso como lo fue después, pero sí, era amiga de Cortázar. Cuando él, que vivía en Francia, venía a la Argentina, se quedaba en casa o, si ocupaba un departamento, venía a comer conmigo muy seguido. Era un hombre absolutamente encantador. Y la fotografía me permitió relacionarme con muchos artistas. Con algunos hicimos amistad.

Mientras tanto, la vida Cuando se le pregunta si la vida, además de una profesión y una vocación por la belleza le dio otras cosas, Sara admite: “Tuve una familia muy buena y comprensiva, tuve muchas felicidades, y amigos y amigas muy buenos”.

–¿Y nunca quiso tener su propia familia? 
–Estaba de novia, muy enamorada, y a pocos meses de casarme, el día de mi cumpleaños, mi novio me preguntó qué quería que me regalara. Acababan de editar un libro maravilloso sobre Rembrandt y se lo pedí. “No”, me dijo “¿Para qué querés un libro de arte? Cuando nos casemos quiero que te dediques a la casa y a criar a los hijos que tendremos. Mejor te regalo una batería de cocina”. Fue un mensaje tan claro que rompí con la relación, y nunca más quise casarme. Aprecio mi independencia y el derecho a tener libros de arte en mi casa. La lectura es una de mis grandes pasiones, junto con las fotos, el cine y la música.

–¿Cuál es su libro preferido? 
–El Libro de las mil y una noches. Está lleno de maravillas. Pero soy una lectora voraz: Borges, Cortázar, todos. Releo mucho, del mismo modo que cuando una melodía o una película me gustan las veo o la escucho más de una vez.

–¿Cuáles fueron sus mejores modelos? ¿Cortázar? 
–No. Pablo Neruda. Estuve un mes en su casa de Isla Negra, en Chile, e hizo miles de fotos que luego se resumieron en unas doscientas.

–¿Era fotogénico Neruda, de esos personajes que siempre salen bien en las fotos, como Cortázar o el Che Guevara? 
–No. La persona más fotogénica que he visto (y nunca tomé una foto de ella) fue Brigitte Bardot. En cualquier pose era impresionante. Me hubiera gustado fotografiarla.

–¿Qué dice de sus fotos el público que va a su exposición? 
–Por lo general, les gusta. Si alguien piensa que hice un mamarracho, no me lo ha dicho. Hace unos días me llamó una amiga, por teléfono. Había visto las fotos de la escritora Martha Lynch, fotos que tomé poco antes de su suicidio. A mi amiga se le quebraba la voz: “Martha Lynch estaba tan sola, tan triste. Es conmovedora”, me dijo. Por supuesto, cuando la fotografié no sabía que quería suicidarse. Pero la foto registró todos sus estados de ánimos.

–¿Es su foto preferida? 
–No, no. Cuando expongo o hago un libro, todas las fotos son mis preferidas. De otro modo, no las editaría. 

(Por Carlos Baudri. Para NUEVA. La revista del Interior)



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