27 de octubre de 2012



Creo que fue Leonardo el que afirmó que a los cincuenta años cada uno tiene la cara que se merece. Sobre ella han ido –lenta pero inexorablemente- dejando sus huellas los sentimientos y las pasiones, los afectos y los rencores, la fe, la ilusión, los desencantos, las muertes que vivimos o presentimos, los otoños que nos entristecieron o desalentaron, los amores que nos hechizaron, los fantasmas que nos visitaron (de muertos en los sueños, de personajes que nos arrastran, y también los enmascarados de nuestras propias ficciones, que al mismo tiempo nos expresan y traicionan). Esos ojos que revelan con sus lágrimas las tristezas, esos párpados que se cierran por sueño o por pudor o por astucia, esos labios que se aprietan por empecinamiento o por despiedad, esas cejas que se contraen por inquietud o por extrañeza o que se levantan por interrogación o duda, esas venas que se hinchan por rabia o sensualidad, van delineando arruga tras arruga el diseño que finalmente el alma imprime sobre esa carne sutil y maleable de nuestro rostro. Revelándose así según esa fatalidad del alma, que sólo puede existir encarnada y manifestándose a través de esa materia que es su prisión y a la vez su única posibilidad de existencia.
Sí, ahí lo tienen: con cruel y delicada exactitud, en estos retratos está, como un condenado entre rejas, mi propio espíritu: el rostro con que observo el Universo.

Ernesto Sábato




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