15 de noviembre de 2012




El que inventó espejos que adelantaban o atrasaban, el que no pidió ni agradeció que le dieran el pan nuestro de las imágenes de cada día, prefiriendo elegir el reflejo incierto de otras ópticas, ¿merece acaso que alguien le ponga hoy en las manos, del otro lado del mar y de los años, esta baraja de espejos que detienen la hora múltiple de Buenos Aires en azogue de unas páginas?
Qué sigiloso andar nacerá así en un territorio donde los ojos y el recuerdo se libran el amargo combate de dos tiempos enemigos, a cada vuelta de esquina, al filo de un chambergo, a lo largo de paredes y de cielos. Pero el testigo que ve y dice verdad, no será justamente el fantasma entre dos zonas, el vigía entre sueño y despertar, allí donde las fronteras de las costumbres ceden al furtivo encuentro de los contrarios, a la reconciliación de lo absurdo y lo evidente, al paseo de este hombre que a la altura de Talcahuano y Corrientes mira las luces de un café que no conoció nunca, se acerca a una mujer que no le tenderá la mano?. En Francia los fantasmas se llaman los que vuelven, nosotros no tenemos palabras que medrosamente consienta ese entorno entre dos aguas y dos luces. Pero tenemos al familiar, y ese mira ahora los juegos de los niños, el amor en las plazas, la vida del Riachuelo, familiar de Buenos Aires que vuelve con el hábito de una mesa en el Bidú que acaso ya no existe, de los Particulares livianos que acaso ya no existen, de itinerarios que estas páginas de helado mercurio han vuelto a proponerle, y que él franquea, las manos en los bolsillos, una sed de cerveza en la garganta donde todavía habitan tangos de otros tiempos, gorriones de lunfardo.

Julio Cortázar 
(Del Libro Buenos Aires Buenos Aires) 




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