21 de noviembre de 2012



El Rostro

Cuéntase en los anales de Cuautitlán que los llamados Tezcatlipoca, IIhuimécatl y Toltécatl (Iodos ellos mágicos certificados) decidieron expulsar de la ciudad de los dioses a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, el creador de los hombres y el instructor en las artes básicas: el cultivo del maíz, el pulimento del jade, la pintura del mosaico y el tejido y tintura del algodón. Pero necesitaban un pretexto: la ealda. Pues mientras representase el más alto valor moral del universo indígena, Quetzalcóatl era intocable. Prepararon pulque para emborracharlo, hacerle perder el conocimiento e inducirlo a acostarse con su hermana, Quetzaltépatl.
Como en las leyendas bíblicas, la embriaguez y el incesto serían una tentación suficiente. Pero los próceres del Antiguo Testamento no eran dioses; y los demonios mexicanos sabían que Quetzalcóatl lo era. Bastarían las tentaciones humanas? Para desacreditar al Dios ante los hombres, si. Pero, para desacreditarlo ante los dioses y ante sí mismo?. Entonces Tezcatlipoca dijo: “Propongo que le demos su rostro”. Tomó un espejo, lo envolvió y fue a la morada de la Serpiente Emplumada. Allí le dijo al dios que deseaba mostrarle su rostro. “Qué es mi rostro?”, preguntó con asombro Quetzalcóatl. Entonces Tezcatlipoca le ofreció el espejo, y Quetzalcóatl, que desconocía la existencia de su apariencia (en efecto: era un dios) se miró y sintió gran miedo y gran vergüenza. “Si mis vasallos me viesen –dijo- huirían lejos de mí”. Presa del terror de sí mismo –del terror de su apariencia- Quetzalcóatl bebió y fornicó esa noche. Gracias a su rostro, fue hombre. Y porque un dios fue hombre con rostro los hombres se sientieron libres y poderosos, pero culpables de su libertad y de su fuerza, porque para tenerla debían compartir la luz con las tinieblas; porque para desear la libertad, antes debían perderla.
Descubrieron un rostro que es espejo del tiempo, un tiempo que es reflejo del deseo, un deseo que nace de la necesidad. Quetzalcóatl protagonizó tanto la creación como la caída. Ni a un dios se le pide semejante exceso. Al día siguiente huyó, hacia el mar, hacia el oriente, avergonzado y triste. Dijo que el sol lo llamaba, dijeron que regresaría. Desde entonces, mi rostro y todos los rostros mexicanos, vivimos enmascarados: esperando. 

Carlos Fuentes





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