29 de enero de 2013

Nadie tan desconocido físicamente, para un hombre –fuera, por supuesto del que es un Narciso total-, como él mismo. A los demás los está viendo, examinando, analizando, en todo momento, mientras que a su propia estructura solo la tiene delante cuando se afeita: el resto del día se le escapa. De ahí procede su sorpresa, su espanto (mi sorpresa, mi espanto), cuando de súbito se enfrenta consigo, por ejemplo en la cárcel de un ascensor. 
Tarda un segundo en adaptar, en adecuar esa imagen -¡tan distinta!- a la que él mismo se ha elaborado… mucho menos desagradable.
Luego, no bien huye de la prisión del espejo, su sentido de la conservación recupera, espontáneamente la auto-imagen perdida y, aliviado, prosigue su andanza con los descartados rasgos que Dios le dio, hasta la próxima trampa de espejos. Por lo menos, es lo que a mi me sucede.

Manuel Mujica Láinez



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