25 de enero de 2013

Villa Ocampo en San Isidro
Mirá si querré esta casa que cada día veo las figuras del Tata Ocampo, mi abuelo, paseando con tío López por el corredor donde aprendí a caminar.
Tenía cinco años cuando murió el Tata Ocampo. Fue la primera noticia sobre la muerte y sentí pánico.
En Villa Ocampo había un laguito con cisnes. Son malos, a pesar de ser tan blanquitos.
¡Está todo lleno de piedritas, qué colores, qué suavidad!
Me gustan más que las bolitas de la juguetería.
Era una niña cuando escribí esto.
Todo era ceremonia en esa casa donde los niños éramos la razón de vivir de todos. Nos cuidaban hasta del aire. Había terror por las enfermedades y nuestro aspecto debía ser impecable.
Después del té en San Isidro, nos lavan la cara, las manos y nos cambian de ropa. Nos ponen siempre unos cinturones muy anchos, de cintas muy tiesas y de colores distintos, sobre los vestidos blancos.

Victoria Ocampo
(del Libro Victoria Ocampo en Fotografías)



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