19 de febrero de 2013

Eran las dos y pico de la madrugada, cuando, bajo una lluviecita persistente, abrí la puerta de mi departamento. Estaba a oscuras, vacío, y sobre la cama había una cartita escrita a lápiz sobre ese papel amarillo rayado que teníamos en la cocina para anotar los asuntos del día. Era un modelo de hielo y laconismo: "Ya me cansé de jugar al ama de casa pequeñoburguesa que te gustaría que fuera. No lo soy ni lo seré. Te agradezco mucho lo que has hecho por mí. Lo siento. Cuídate y no sufras mucho, niño bueno".

Desempaqué, me lavé los dientes, me acosté. Y estuve el resto de la noche pensando, divagando. ¿Esto habías estado esperando, temiendo, no? Sabías que iba a ocurrir tarde o temprano, desde que, siete meses atrás, instalaste a la niña mala en la rue Roseph Granier. Aunque, por cobardía, hubieras tratado de no asumirlo, de esquivarlo, engañándote, diciéndote que ella, por fin, después de esas horribles experiencias con Fukuda, había renunciado a las aventuras, a los peligros, y que se había resignado a vivir contigo. Pero siempre supiste, en el fondo de los fondos, que aquel espejismo duraría sólo lo que durase su convalecencia. Que la vida mediocre y aburrida que llevaba contigo la cansaría y que, una vez que recobrase la salud, la confianza en sí misma y se le evaporara el remordimiento o el miedo a Fukuda, se las arreglaría para encontrar a alguien más interesante, más rico y menos rutinario que tú, y emprendería una nueva travesura.

Apenas hubo algo de luz en la claraboya, me levanté, me preparé un café y abrí la pequeña cajita de seguridad donde tenía siempre una cantidad de dinero en efectivo para los gastos del mes. Se lo había llevado, naturalmente. Por lo demás, no era gran cosa. ¿Quién sería, esta vez, el dichoso mortal? ¿Cuándo y cómo lo habría conocido? Durante alguno de mis viajes de trabajo, sin duda. Tal vez en el gimnasio de l''avenue Montaigne, mientras hacía aerobics y nadaba.

Mario Vargas Llosa
(Fragmento de "Travesuras de la niña mala", 2.006)



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