7 de febrero de 2013

"Si dejo de mirarlo." Y dejaba de mirarlo vaya a saber por cuánto rato. Estaban mis heridas.

Estaba el sol, también. A esa altura el sol es otro, no imaginable. Correspondiendo, la sombra también es otra. Buscar reparo es meterse en el hielo; buscar abrigo, ir a la hoguera. Así se muere, de dos zarpazos, en la indi­ferencia de la montaña.

Sin cordillera, sin cóndores, sin sol, sin sombra, las heridas hubieran seguido, estando: mi pierna rota, mi bra­zo roto, mis costillas rotas, algo en el costado de la cara.

Y estaba la sed. La sed valía por todo.

Alrededor, picos nevados, cortes de carne cruda, pampas de oro falso como la muerte.

¿Por qué estaba solo? Una herradura cerca de mi pie, un cañón, eran mi compañía. Ni un cadáver, ni una voz, ni un arma. Y el cóndor esperando.

Pensé: estoy muerto. El dolor me desmintió.

Comprendí que me había desbarrancado, a no du­dar por culpa de la mula. Siempre nos odiamos. Habrá caído, de pura maldad, arrastrando pedruscos, arras­trándome, el cañón saltaría de su lomo. Podía jurarlo: siguió de largo —la herradura era su tarjeta de despedi­da—, y estaba más abajo según insinuaba el atareo de los cóndores sobre algo cercano. Si podía alegrarme me alegré.

Sirvieron de señal, supongo, los cóndores.

Abrí los ojos —la luz había cambiado—, una mordaza me ahogaba, era mi lengua. Un hongo se deslizaba a mi lado, o tortuga (volví a pensar que estaba muerto), o más bien figura humana bajo un cuero, furtiva, encor­vada, armada. Luchaba con los cóndores por la mula.

Dije:

—Por Dios...

No me salió la voz.

Grité:

—Hermano, por el amor de Dios.

El recuerdo siguiente es la oscuridad, sin sed, atado como un salame. Hay un ruidito: chac-chac. Es mi yes­quero. Una pequeña llama surge, veo al ser, veo un brillo en su frente calva. Se inclina a hacer fuego. El fuego se levanta. Él solloza inclinado ante la llama.

Es de día. El lugar resulta ser una cueva. Sigo atado —medicinalmente— con tiras de cuero peludas. Unas ro­cas cierran la entrada. A cierta hora las oigo remover, cierro los ojos, espío. El personaje envuelto en cueros de pelambre pálida vuelve a clausurar la entrada; antes de mirarme se concentra en el rescoldo, que le interesa mu­cho más que yo."

Sara Gallardo
(Fragmento de "En la montaña")



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