27 de febrero de 2013

"Un Cuentito"

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: los aliados habían ganado la guerra porque los alemanes eran gente mala y de los japoneses mejor ni hablar. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia del cine), que los alemanes y los japoneses eran también seres humanos y que a algunos aliados era mejor perderlos que encontrarlos. Y después hubo más guerras, que parecían más chicas, pero también mucho menos claras. Y después...pero esto es otro cuento.

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: había que crecer sano de cuerpo y alma. Había que creer en los mayores y en los maestros. Había que respetarlos y respetar los valores que ellos respetaban: el honor, la justicia, la dignidad, la solidaridad, la libertad responsable, la ciencia al servicio de la humanidad...y había más. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia de la perspectiva) que los grandes a veces eran tamaño mediano y que con respecto a algunos valores, tampoco había que ser fanático no? Y después.....pero esto es otro cuento.

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: las nenas tenían que portarse como señoritas y los varones como hombrecitos. Las nenas podían llorar, los varones podían pegar; una nena tenía que ser seductora, un varón tenía que ser valiente. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia del psicoanálisis), que todo era un poco más complicado. Y después vimos como dos generaciones en las que nadie quiere ser ni señorita ni hombrecito, porque con ser humano ya tiene bastante trabajo...pero ese es otro cuento.

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: los amigos eran los hermanos del alma, la gente que lo quería a uno, no porque fuera lindo o feo, abanderado o burro, sino porque uno era uno. Y los amigos eran la gente por la que había que jugarse, con la que había que compartir, por la que valía la pena vivir. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia de la suerte que es grela), que todo este asunto también podía ser llamado "amiguismo" y tratado como una enfermedad antigua, que hay que curar sin falta cuando termina la adolescencia. Y después, incluso empezó a aparecer una enfermedad peligrosa....pero esto es otro cuento.

Cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: cuando se llegaba a la edad y al momento adecuado, uno se enamoraba de alguien del otro sexo (porque había dos) y se casaba para afrontar juntos la dicha y la desdicha. Y tenía hijos, y plantaba árboles y envejecía tomado de la mano. Después vimos (entre otras cosas gracias a la magia de la naturaleza, en la que nada se pierde y todo se transforma) que uno no es eterno y entonces sus sentimientos tampoco. Y los del otro tampoco. Y después vimos que esto de la pareja funciona también como complicidad para el crimen de la pareja...pero esto es otro cuento.

Entonces, cuando éramos chicos todo estaba bastante clarito: su uno en las guerras estaba del lado de los buenos; si uno respetaba los grandes valores de sus mayores y sus maestros; si uno se portaba como un hombrecito o si no tenía mas remedio, como una mujercita; si uno era leal con sus amigos; si uno era capaz de amar y ser amado; uno podía, por fin, ocupar el lugar del que había tratado de hacerse digno durante toda su vida; un lugar en el gran banquete del mundo, ese que se celebra cuando el ser humano ha alcanzado la plenitud creadora: el banquete de la madurez.
Y la madurez es ahora. Y yo no sé ustedes, pero a mí, a este banquete nadie me ha invitado.
Y colorín colorado, yo no se a ustedes, pero a mí me parece que este cuento se ha terminado.

Aída Bortnik
(1935) es una guionista y escritora argentina. Ha escrito innumerables guiones para películas, de las cuales dos: La tregua (mejor película extranjera) y La historia oficial (mejor película extranjera y mejor guion original) fueron nominadas al premio Oscar, ganando la segunda como mejor película extranjera. En su extensa trayectoria ha recibido gran cantidad de premios y reconocimientos.



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