17 de febrero de 2013

UNO

Como todos los veranos, el parque se convier­te en solárium. Llegan los vecinos con sus bártulos y a falta de mar, lago o charco, suelen rociarse con agua mineral. Reina un silencio salpicado por chillidos de horneros y benteveos, y el rumor del tráfico parece asordinarse, chocando contra los viejos troncos.

Los asoleados no se hablan, yacen como lagartos, muchos de ellos prisioneros de sus auriculares. Abundante gafa oscura, alguna revista, algún diario, quizás un libro. Y el ritual de untarse de bronceador, como si estuvieran en la playa.

Una bañista se incorpora, se alza los anteojos sobre la frente, otea el cielo con ansiedad porque avanza una nube, se despereza y en un rapto de percepción de la realidad, divisa a los intrusos y estira una mano lánguida hacia su vecina.
La invasión era discreta y solemne, pero fue ganando la curiosidad de la multitud aletargada, como ese temblor contagioso que anuncia un sismo o el paso de un prójimo célebre.

Entraba una comitiva de gente mayor, que en esa candente mañana parecían llegados del invierno. Como extranjeros, como aparecidos. Traje oscuro los hombres, discretos vestidos las mujeres. A la cabeza del cortejo iba una señora con guantes calados, portadora de un objeto venerable: una caja de bordes dorados sostenida con mucho miramiento.
La dama también llevaba anteojos negros, pero antiguos, a los que se apela no para tomar sol sino para ocultar lágrimas. Andaba indecisa, sus compañeros la sostenían con delicadeza, y todos murmuraban y señalaban puntos del suelo, rastros en el pasto ralo, reseco y profanado por los perros.

Cerca de la esquina de Coronel Díaz, junto a una placa plantada en tierra (Aquí se fusiló a la Patria) y rodeada por un cerco de hierros, la que llamaremos Viuda se detuvo a la sombra de un ciprés.
Acarició la urna, se secó una lágrima, el cortejo se apretujó junto a ella y al rato fue rodeado por algu­nos curiosos: una chica se levantó desganada de su reposera, con una toalla a la cintura, un lector abandonó su banco a la sombra, cambió de anteojos y se cubrió la calva con el diario. Dos chicos se apearon de sus bicicletas, un mendigo interrumpió su búsqueda de supuestos tesoros olvidados en el yuyal.

Y la Negra, como siempre, curioseando los movimientos del barrio.
Hubo secreteos y gestos contradictorios en el séquito. Por un lado se sentían víctimas de una curiosidad irrespetuosa, pero por otro, los desconocidos aliviaban su soledad de grupo.
Un anciano corpulento, de traje negro y camisa blanca abierta sobre las solapas, acomodó sus mocasines también blancos sobre un exiguo montículo, extrajo papeles del bolsillo e iba a leerlos, cuando la Viuda se lo impidió con un gesto que tenía algo de sublime.
Algunos curiosos se apartaron y a otros los petrificó la curiosidad, porque la escena tenía mucho de rito teatral, y eso es irresistible, sobre todo para los ociosos.

Se hizo un silencio incómodo que los asoleantes aprovecharon para inventariar el peinado antiguo, el vestido de gasa y las modestas pero abundantes joyas de la Viuda, que parecía maquillada para una función nocturna. Y entonces se dirigió a amigos y curiosos, con voz temblorosa pero acostumbrada a imponer.

—Los invito a acompañarnos. Mi finado esposo quiso que esparciéramos sus cenizas en este parque y cumplimos su voluntad. Espero que no se molesten por esto.
Los curiosos negaron con la cabeza, pero estaban indignados y fácilmente podía leerse en sus expresiones: esto no es un cementerio, señora, es un lugar para nuestro exclusivo esparcimiento, estas cosas traen mala suerte. Para esto, hubieran venido de noche ¿no hay policía aquí?

La Viuda y otros deudos peregrinaron de árbol en árbol, hasta que ella se detuvo al pie de una palmera y buscando asentimiento, abrió la tapa y esparció las cenizas en un charco, para que no se volaran.
Se persignó y los demás la imitaron, murmurando una oración, mientras los curiosos vacilaban, menos el vagabundo, que se santiguó generosamente.

Emprendieron la retirada hacia Coronel Díaz, dubitativos entre saludar con un gesto a los vecinos o salir dignamente sin mirar a nadie. El señor del diario sobre la cabeza se acercó y le dio la mano a la Viuda y después se arrepintió pensando que no había necesidad.
La multitud retomó aliviada su imperio sobre el parque, pero se había nublado, los pájaros callaban y sobrevino un clima de rareza, ese rastro que dejan los aguafiestas.
La Negra se apartó sin decir palabra pero con los ojos húmedos, meneando la cabeza.

María Elena Walsh
(Fragmento de "Fantasmas en el Parque". Alfaguara, 2008)




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