30 de marzo de 2013







El Ancla

El ancla llegó de Antofagasta. De algún barco muy grande, de aquellos que cargaban salitre hacia todos los mares. Allí estaba durmiendo en los áridos arenales del Norte grande.
Un día se le ocurrió a alguien mandármela.
Con toda su grandeza y su peso fue un viaje difícil.
De camión a grúa, de barco a tren, a puerto, a barco.
Cuando llegó a mi puerta no quiso moverse más.
Trajeron un tractor.
El ancla no cedió.
Trajeron cuatro bueyes.
Estos la arrastraron en una corta carrera frenética, y entonces si se movió, hasta quedarse reclinada entre las plantas de la arena.
-¿La pintaras? Se está oxidando.
No importa. Es poderosa y callada como si continuara en su nave y no la desgañitara el viento corrosivo.
Me gusta esa escoria que la va recubriendo con infinitas escamas de hierro anaranjado.
Cada uno envejece a su manera y el ancla se sostiene en la soledad como en su nave, con dignidad.
Apenas si se le va notando en los brazos el hierro deshojado.

Pablo Neruda

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