17 de marzo de 2013


 No tengo ganas de escribir una nota. Me gustaría poder ponerlo sobre el papel para que todos lo admiren como yo lo admiré desde que lo conocí en 1951, leyendo Bestiario. Pero cómo puedo, con mis palabras previsibles, hablar de un escritor cuyo mayor mérito es la imprevisibilidad de las suyas. Me lo recomendó una clienta de la librería, Martha Posse, que me llenó de fantasías contándome sus cuentos. Siempre hubo algo mágico en los encuentros con sus libros y luego con él. Cuando en junio de 1968 llegamos a París lo llamé y me invitó a su casa. Pasamos el día juntos. Hablamos y coincidimos en muchas lecturas, en los dibujos de Oski y en los textos de César Bruto que ambos sabíamos de memoria: "Si vas a París en octubre/ no te olvides de visitar Louvre". 

Era cordial "como un legítimo argentino". Si es cierto que lo más profundo es la piel, a flor de piel sentimos -Olga y yo- que ya éramos sus amigos. Y así fue desde entonces. Pero nunca dejé de saber que era un elegido por el Dios de la palabra, que estaba casado con ella y que su oralidad era por escrito. Que había aprendido a dominarlas y que con ellas había construido esas máquinas fascinantes que son sus páginas, rebosantes de hallazgos. Cuando estuve a su lado, las veces que estuve a su lado, nunca dudé de que era a él que le salían conejitos de la boca. Que era otro Polifemo, un tocado, un intocable, un otro como Calvino o Raúl o Borges. La admiración siempre me vedó otro entendimiento que el de un niño azorado, deslumbrado frente al mago. Lo conocí, sí, pero verdaderamente lo conocí leyéndolo: con todo el cuerpo. Dejándome atravesar por sus palabras.

   Me nombra al comenzar a grabar el disco que edité en 1970 y que acabo de reeditar después de 32 años. A ese nombrar lo vivo como una condecoración. En 1973 vino a Buenos Aires y estuvo todo su primer día en la librería, le ofrecí hacerle un reportaje público en el Luna Park, seguro de llenarlo, no quiso. Cuando vino en 1983, su primer día fue en la librería, días después le escuché decir en un reportaje radial que él "paraba" en la librería y que si querían alcanzarle algo lo dejaran allí. Soy un cholulo que admira y envidia a aquellos que saben manejar sus palabras entre rápidos y sostienen el timón hasta llegar al puerto que deseaban llegar. El 13 de octubre de 1983 me escribió: "...ando medio enfermo y todo se me trabuca... espero que nos veamos hacia febrero, tengo toda la esperanza de poder darme una vuelta". Pero vino en diciembre y al subir al taxi, cuando nos despedíamos, me dijo: "Volveré en marzo y me quedaré un tiempo".

En una candente mañana de febrero , al entrar a la librería quejándome del calor, Carlos Gutiérrez, que está junto a nosotros en la foto con Cortázar, y que después fue asesinado por un ladrón, me dijo: "Sí, y además esta noticia". "¿Cuál?", pregunté; "Murió Cortázar".
No recuerdo muerte que haya conmovido tanto. Se nos achicó la infancia. Su muerte nos desbarató, nos llenó de estupor, de perplejidad, porque es muy duro proseguir cuando esos hombres mueren.

Héctor Yánover


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