16 de abril de 2013

“Entró en el zaguán bajo la suave claridad del atardecer: imperturbable, de sombrero, un poco ridículo y como disfrazado, esforzándose en parecer más viejo o más seguro, menos frágil con sus veintidós años recién cumplidos y el paquetito envuelto en papel de seda. Reconoció el olor a humedad y a madera quemada que bajaba por el pozo de aire, una neblina pálida, invisible, que siempre asociaba con la piel de Adela. Se miró la cara en el espejo del ascensor, satisfecho, y después bajó, lento y oscuro, repasando lo que había preparado para decir cuando le abrieran. Tardaron un rato en contestar y él siguió inmóvil, de perfil a la puerta del departamento, ensayando un gesto humilde, temeroso de que si trataba de insistir ya no lo recibieran. Del otro lado llegaba un quejido apenas perceptible, como si alguien rezara en voz baja o llorara bajo el
agua. “Parece una gata que maúlla”, pensó él, “una gata con cría”.
Volvió a llamar y después de un rato la puerta se entreabrió. En el
umbral una nena que no debía tener más de seis años lo miraba inclinando la cabeza hacia un lado en un ademán tímido que la hacía parecer un pájaro. Llevaba trencitas y anteojos sin aro de mucho aumento, que le daban una expresión adulta, concentrada. Él se agachó hasta quedar a la altura de la chica.
—¿Cómo te va? —le dijo—. ¿Eh? Lucía.
La nena lo siguió mirando en silencio, distante, ajena.
—Mamá no está —dijo, por fin, como si recitara—. Y yo no puedo
abrir la puerta a los desconocidos.
—¡Pero cómo no te acordás de mí! ¿No te acordás de Esteban?
La chica negó con la cabeza y se quedó quieta contra el reflejo del
sol que brillaba en el fondo del pasillo. “La misma cara pero avejentada”, pensó él “como si la hija envejeciera en lugar de la madre”.
—Estaba jugando con él —dijo la chica de pronto, y le mostró un
muñeco de goma.
—Lindo.
—No, lindo no es, lo que tiene que flota.
—No me digas.
—En la bañadera, lo pongo y flota.
—Así que lo ponés en la bañadera y flota —dijo él, y se sintió un poco
idiota hablando con la chica ahí abajo. Ella lo miraba de frente ahora,
los ojos muy pálidos, la mirada agradecida y turbia de los miopes detrás
del cristal de los anteojos.
—¿Y vos quién sos? —dijo después.
—Te dije. Soy Esteban. ¿Cómo no te acordás de mí?
La chica se acomodó los lentes y se tocó la cara, suave, con la yema de los dedos.
—¿Sabés cómo se llama él? —dijo mostrando el muñeco—. Se llama
Oscar.
—Muy bien. Ahora escuchame: ¿te dijo Adela dónde iba?
—Ella no va a volver.
—¿Por qué no va a volver?
—Siempre se va y después no viene.
“Está adentro. Está encamada con un tipo”, pensó él, y sintió una especie de alegría, como si eso hubiera sido lo que había venido a buscar.
“Ella con un tipo y la nena jugando con agua.”
—Bueno —dijo—. Voy a entrar, voy a esperarla.
La chica apretó el muñeco contra el cuerpo y pareció que iba a
largarse a llorar, pero se movió hacia un costado dejando libre la
puerta.
Adentro la luz de la tarde se aquietaba contra las cortinas de tela
cruz. Todo seguía igual, las cosas en el lugar de siempre, pero no
había rastros de Adela. “Mujeres” pensó, tratando de darse ánimo.
“Sucias, abiertas. Se desangran y lloran. Mujeres”, pensó él, como
si estuviera soñando. Buscó un sillón y se acomodó en medio del
cuarto, el sombrero apoyado en las rodillas, cubriendo el paquetito
color rosa. La chica se había sentado enfrente, en una silla baja y
acunaba al muñeco. “Parece una sonámbula”, pensó él sin emoción,
“una versión en miniatura de la mujer que habrá de ser. Tonta,
miope, desencantada”.
—¿Vos eras un novio de mamá?
—Sí —dijo él—. ¿Te acordás ahora?
—Me parecía —dijo la chica, y le sonrió, tímida, sosegada.
Él prendió un cigarrillo y decidió que iba a quedarse. No tenía a dónde
ir, en el fondo todo le daba lo mismo. “Esperar acá, esperar en otro
lado.”
—Sabés —dijo la chica de pronto—, yo sé cantar canciones.
—¿No me digas? —¿Querés ver? —dijo ella, y se acomodó los lentes antes de
empezar a cantar en voz baja y serena, siempre con el mismo
rostro indiferente:
“Oh Madre madre mía
oh consuelo del altar
amparadme y guiadme
hacia el mundo celestial”,
cantó la chica, rígida en la silla, y después se detuvo, bruscamente.
—Muy bien —dijo él—. Bárbaro como cantás. ¿Quién te enseñó?
—Adela —dijo la chica, y volvió a quedarse callada.
El rumor de la ciudad llegaba sordamente por la ventana como una
respiración, un jadeo. Esteban sintió que el olor de ese lugar lo ponía
triste. Era un olor dulce, a jugo de naranja, a tierra húmeda, que lo
obligaba a pensar en su infancia, en los viajes en tren a Bolívar, sentado en el vagón comedor. La chica se había bajado de la silla y jugaba en un rincón. Él la sentía murmurar y reírse, hablando sola. Se levantó y caminó hacia la ventana. Desde ahí se veían los techos y las azoteas de Buenos Aires. Chapas, esqueletos de cajones, antenas de televisión. “Ciudad de mierda”, pensó él, “sucia, y arruinada”.

Ricardo Piglia
(Fragmento de "El precio del amor")




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