25 de abril de 2013




"–¿Quién es usted?­
–Me llamo Lundborg, soy el embajador de Suecia... He venido a traerle la noticia oficial del premio al doctor Leloir. ­
–¿Cuándo tuvieron la confirmación oficial?­
–Hace media hora. Acabo de estar con el doctor. Recibió la noticia con toda naturalidad, como científico que es.­

El señor Lundborg se aleja. No lo sabemos, pero ya estamos mucho más cerca de Leloir. Avanzamos vadeando desconocidos. Hay un apretado círculo de gente. Y ahí, en el medio, está nuestro campeón mundial de la química: camisa blanca, corbata oscura, traje azul, zapatos marrones. Recibimos un empujón, una puerta que se quiere cerrar para aislar a Leloir... alcanzo a interponer un pie. Seguimos forcejeando, hay que conseguir a Leloir sí o sí. Avanzamos como en una cancha de rugby. En eso tan disparatado estamos cuando nos baja alguien como del cielo. La secretaria dice: ­
–El doctor los va atender en la biblioteca.­
(Allá vamos, corriendo detrás de la nota exclusiva. Leloir aguarda sumergido en un gastado sillón. Me acerco y le pregunto casi al oído:)

–En este minuto, ¿qué es lo que siente, doctor Leloir?­
–Siento que he perdido algo muy valioso... muy precioso.­
–¿A qué se refiere?¿Qué es lo que ha perdido?­
–¿Y no ve, amigo? He perdido la tranquilidad. Ustedes me van a ahogar. Observe, por allí entran en tropel sus colegas: cámaras, micrófonos, cables, Dios mío, Dios mío…Esto para mí es un sufrimiento. Se lo debo al premio.­
–¿Y la felicidad, doctor?­
–Toda felicidad trae su sufrimiento. Y aquí lo tengo.­
–¿Cuándo recibió la noticia?­
–Esta mañana, a eso de las nueve y media, al rato de llegar al Instituto. Qué curioso, la noticia vino de Chile.­
–¿Tenía avisos de que le otorgarían el premio?­
–Algo se había dicho. Teníamos noticias, digamos, secretas.­
–¿Quién le dio esas noticia secretas?­
–No me acuerdo.­
–¿Por qué descubrimiento vino el premio?­
–Entiendo que es un premio... al trabajo de toda la vida, y no a mí sino a un equipo de gente silenciosa.­
–¿Qué va hacer con los ochenta mil dólares?­
–¿Ochenta mil dólares? No lo he pensado.­
–Doctor, intente pensar algo ahora.­
–No se me ocurre nada, en verdad.­
–¿Cambiará de auto?­
–Para qué... el mío responde bien, se deja manejar, se deja estacionar... Ah, ya sé, le voy a comprar‚ una batería al auto de mi hija. Aunque... no sé, no sé porque esa batería tiene sus ventajas.­
–¿Ventajas? Doctor, nos enteramos que tiene que empujar el auto de su hija cada mañana.­
–Esa es la ventaja de una batería anémica: lo obliga a uno a hacer algún ejercicio adicional, a activar la circulación de la sangre.­
–¿Piensa donar este premio para la investigación, como hizo con otros premios?­
–Es probable.­
–¿Cuál es el descubrimiento suyo que más le interesa?­
–Siempre el último. Aunque no, el mejor descubrimiento es el próximo, el que tenemos que hacer, el que no hemos conseguido.­
–¿El Estado se preocupa lo suficiente, apoya a los investigadores argentinos?­
–Se preocupa... algo. Bueno, en realidad no me gustaría que tomaran esto como una queja. Estoy agradecido por el apoyo que nos han dado, aunque sea tan... pequeño. Aquí no tenemos lugar para trabajar, no podemos recibir a la gente del interior.­

–Doctor, ¿qué otras preocupaciones tiene?­
–No me queda tiempo para otras preocupaciones.­
–¿Podría describir lo que sintió en el momento de recibir la noticia?­
–No creí que fuera verdad.
–Se habrá emocionado.
–No llegué a emocionarme... Pero parece que es cierto, porque si no ustedes no estarían aquí.
–¿Y si esto no fuera real, si fuera un sueño de almohada, doctor?­
–Sería mejor. ­
–¿Usted está diciendo que sería mejor no ganar el Nobel?­
–Sin duda, no hubiera perdido eso tan importante en la vida que es la tranquilidad... Ya ven, hoy es peor que un día feriado: no he podido trabajar, y no creo que haya podido hacerlo nadie en el Instituto. Demasiado alboroto.­ Esto de ganar el premio Nobel, no se lo deseo a nadie…
–Doctor Leloir, considere que este es un día de gran felicidad para todo el país.­
–Puede ser, puede ser... pero...­
–¿Pero?­
–Para mí es un día de trabajo perdido. Y perdonen.­"

(Fragmento extraído de un reportaje del periodista Rodolfo Bracelli  al por entonces flamante Premio Nobel de Química,  Dr. Luis Leloir)

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