14 de abril de 2013


"Yo no sabía de qué lado de la ciudad venía usted, ni hacia qué lado iba. Yo era un estudiante de derecho, muy pobre. Mis padres estaban en Río Negro y me mandaban muy poco dinero; mi padre tenía una modesta carrera de ingeniería, mi madre sufría de grandes anemias; nuestra casa fue siempre una casa muy triste. Mi padre había sido un reconcentrado, con fuerte vocación de independencia. 

Se negó siempre a depender de jefes, por lo cual, apenas graduado, buscó sitio para ejercer la ingeniería en el interior del país. Vivieron con mi madre —también silenciosa y suave y pálida— años idílicos, y apenas tenían con qué pagar la casa y comer. Al fin, cuando yo contaba dos o tres años, mi padre compró un pequeño aserradero, que a mí me pareció gigantesco y tremendo por el fragor de las sierras y lo vasto y alto del gran galpón principal. Yo lo acompañaba todas las mañanas, casi al alba —todavía de noche en los meses de invierno—, desde casa hasta el establecimiento. Había que hacer un largo trayecto. Íbamos sin hablar. Él; con su paso largo, fuerte; yo, tratando de imitar con infatigable esfuerzo el alcance de esos pasos: por veces corriendo, por veces tropezando, quedándome atrás, volviendo a la carrera, ¡qué trabajo! 

Atravesábamos un camino de través, abierto entre frondosos sauces, a la orilla de un arroyo que mostraba bajo el fluido cristal la vegetación del lecho tierno. A veces mi padre me mandaba que trepara a los altos árboles y me miraba sonriente sin dejar de caminar, y yo hacía ante él, sin alientos, proezas extraordinarias. Algunos días, en verano, en mitad de febrero, nos bañábamos al atardecer, de vuelta del aserradero, en el arroyo de agua fresca. Esto me parecía la gloria. 
Abría mis narices al olor del agua, al aire crepuscular y a la tibia exhalación de tantas hojas apretadas por el calor; ésa era mi embriaguez de criatura. 

Así fui creciendo, gozoso fruto pegado a los dos troncos paternales. Cuando me separé de ellos creí que quitaba de esa casa en ruinas un apuntalamiento moral necesario. Al poco tiempo los acontecimientos me dieron la razón: mi padre comenzó a perder dinero y mi madre a empeorar y empeorar. Sin embargo, yo no podía dejar Buenos Aires, tenía una constante labor nocturna de traductor, muy humilde, con lo que costeaba mis derechos de examen y el alquiler de mi pieza: mi vida inmediata estaba urgida y condicionada por esas obligaciones.

Yo no sabía hacia qué lado de la ciudad iba usted, ni de qué lado venía. En las primeras horas de la tarde, al regresar por la calle Florida, de la Facultad, la vi venir muchas veces, de sur a norte. La recuerdo: traía el cabello suelto en la voluntariosa cabeza, el sombrero doblado entre los dedos delgadísimos y el brazo apretando unos libros contra el alto flanco izquierdo de su cuerpo. Parecía totalmente ajena a lo que la rodeaba: al ruido de Buenos Aires, al movimiento congestionado de la hora —salía mucha gente de los Bancos y de las tiendas—, al color mismo del cielo, tan alto y tan azul. (Alguna vez, al haber pasado usted, yo vi por las calles transversales el verde de los árboles del bajo recortados sobre un cielo incomparable.) 

Parecía no mirar nada; tan sólo seguir el movimiento interior de quién sabe qué sueño, de quién sabe qué aspiración, qué amor, qué codicia o qué odio. La expresión de su semblante no era feliz. Había en usted cierto desdén, cierta ostentación huraña del sueño que amamantaba." 

Eduardo Mallea
(Fragmento de "La Bahía del silencio")



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