27 de mayo de 2013

A una edad en que los niños se desesperan por hablar, él puede pasarse horas escuchando. Tiene cuatro años, o eso le han dicho. Ante el estupor de sus abuelos y su madre, reunidos en el living de Ortega y Gasset, el departamento de tres ambientes del que su padre, por lo que él recuerde sin ninguna explicación, desaparece unos ocho meses atrás llevándose su olor a tabaco, su reloj de bolsillo y su colección de camisas con monograma de la camisería Castrillón, y al que ahora vuelve casi todos los sábados por la mañana, sin duda no con la puntualidad que desearía su madre, para apretar el botón del portero eléctrico y pedir, no importa quién lo atienda, con ese tono crispado que él más tarde aprende a reconocer como el sello de fábrica del estado en que queda su relación con las mujeres después de tener hijos con ellas, ¡que baje de una vez!, él cruza la sala a toda carrera, vestido con el patético traje de Superman que acaban de regalarle, y con los brazos extendidos hacia adelante, en una burda simulación de vuelo, pato entablillado, momia o sonámbulo, atraviesa y hace pedazos el vidrio de la puerta-ventana que da al balcón. Un segundo después vuelve en sí como de un desmayo.

Se descubre de pie entre macetas, apenas un poco acalorado y temblando. Se mira las manos y ve como dibujados dos o tres hilitos de sangre que le recorren las palmas. No es la constitución de acero del superhéroe que emula lo que lo ha salvado, como se podría creer a primera vista y como se encargarán luego de repetir los relatos que mantendrán con vida esa hazaña, la más vistosa, si no la única, de una infancia que por lo demás, empeñada desde el principio en no llamar la atención, prefiere irse en actividades solitarias, lectura, dibujo, la jovencísima televisión de la época, indicios de que eso que normalmente se llama mundo interior y define al parecer a criaturas más bien raras, él lo tiene considerablemente más desarrollado que la mayoría de los chicos de su edad. 

Lo que lo ha salvado es su propia sensibilidad, piensa, aunque mantiene la explicación en secreto, como si temiera que revelarla, además de contrariar la versión oficial, lo que lo tiene perfectamente sin cuidado, pudiera neutralizar el efecto mágico que pretende explicar. Esa sensibilidad, él no llega todavía a entenderla como un privilegio, que es como la consideran sus familiares y sobre todo su padre, lejos el que más partido saca de ella, sino apenas como un atributo congénito, tan anómalo y a sus ojos tan natural, en todo caso, como su capacidad de dibujar con las dos manos, que, festejada a menudo por la familia y sus allegados, no tiene antecedente alguno y no tarda en perderse. 

Porque de Superman, héroe absoluto, monumento, siempre, cuyas aventuras lo absorben de tal modo que, como hacen los miopes, prácticamente se adhiere las páginas de las revistas a los ojos, aunque menos para leer, porque todavía no lee, que para dejarse obnubilar por colores y formas, no son las proezas las que lo encandilan sino los momentos de defección, muy raros, es cierto, y quizá por eso tanto más intensos que aquellos en que el superhéroe, en pleno dominio de sus superpoderes, ataja en el aire el trozo de montaña que alguien deja caer sobre una fila de andinistas, por ejemplo, o construye en segundos un dique para frenar un torrente de agua devastador, o rescata en un vuelo rasante la cuna con el bebé que un camión de mudanzas fuera de control amenaza con aplastar."

Alan Pauls 
(Fragmento de "Historia del llanto") 



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