9 de mayo de 2013


" El muchacho fue consumido por una ausencia tan impecable que largo tiempo después que se esfumaran las imágenes, seguía imantado a la pantalla, y los fotogramas recorrían tenaces sus retinas. De pronto, cual si los pigmentos del film comenzaran a deshacerse en sus mejillas, rompió a llorar, con el estruendo y la batahola de un niño, derramando lágrimas incompatibles con su edad y viril temperamento.

Los parroquianos vinieron en su auxilio con vasos de agua y pañuelos, y el joven los aceptó con la inanidad de quien ha visto fallecer a un familiar cercano y necesita la compasión y el calor de medio mundo. Le acariciaron el pelo, le reclinaron la cabeza en un almohadón, lo alentaron con una dosis de slíbovitz, y hasta la propia Alia Emar untó sus párpados con dedos bendecidos previamente por su deliciosa saliva. 
Cuando tras tragar la copita de licor y respirar profundo, se dispuso a articular una expresión, sólo alcanzó a decir: 
-Jamás... he... visto... nada... tan... bello... -antes de romper a llorar otra vez con ahogos y enrojecimientos alérgicos de la piel. 

Más de repente el inminente difunto brincó desde el piso con la misma energía de esos payasos de madera que saltan del resorte cuando se abre la caja de sorpresas, y buscó la presencia de sus camaradas del complot con la desesperación de un náufrago. Extrajo el puñal, y aullando a la noche estrellada se puso a correr con él en ristre hacia la playa. 

La vergüenza de su deserción lo hizo jadear furioso, y el terror de haber metido a sus compatriotas en una emboscada que pudiera haber fracasado le hizo sangrar las narices. Mientras más corría, tanto más aumentaba su miedo de que los muchachos, sin sus órdenes tácticas, hubieran sido masacrados por las balas de los fusileros austriacos. "

Antonio Skármeta
(Fragmento de "La boda del poeta")



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