30 de junio de 2013



"Apelaré a la eficacia de una creencia popular: ”cuando se habla de familia, todo el mundo entiende de qué se trata”, asumiendo el riesgo, puesto que no sabemos qué quiere decir “todo el mundo”, expresión lo suficientemente abarcativa como para carecer de consistencia; además, desconocemos el sentido que se le otorga a “entiende”. Dicha ambigüedad es la que le imprime fuerza a esa creencia que se jerarquiza como una suposición aceptada de consumo.

Los documentos informan acerca de modelos de convivencia que el imaginario social de las clases medias urbanas suponía adscriptos a cambios inaugurales protagonizados recientemente en el ámbito de las relaciones intrafamiliares. Tal creencia resultaba del desconocimiento de otras formas de vida o estilos familiares mantenidos en penumbra por la información periodística. 

El narcisismo de clase, que tiende a centralizar en las propias experiencias los códigos que se supone deben regir in omnia mundi, condujo a eludir el conocimiento de las variedades convivenciales que pueblan, no diría el planeta, pero sí las vecindades. La cronicidad del pensamiento indiferente acerca de lo que otros seres humanos hacen con sus organizaciones familiares, como parte de la vida social compartida, podría depender de la consideración hacia esas personas / otras clasificadas como inferiores. 

Ese narcisismo, socializado por las pulsiones de apropiación que conducen a incorporar -lo más velozmente posible- las corrientes culturales que emergen desde Estados Unidos o Europa, autoriza a los diversos sectores de las diferentes clases sociales a “modernizarse”, a ”estar de onda”, copiando modas y costumbres cuya inspiración no provenía de las pautas convencionales aprendidas en sus propias familias. 

Pero esas corrientes culturales trajeron consigo las informaciones provenientes de los nuevos movimientos sociales, de las minorías sexuales, de los movimientos de mujeres y de los grupos indígenas que jaquearon y jaquean constantemente la realidad conocida. En la Argentina, además de la visibilización de estas presencias, existentes de antaño y omitidas por las lecturas del pensamiento hegemónico, se sumaron las novedades de las asambleas barriales, de las fábricas recuperadas asociadas con los organismos de derechos humanos, así como la expansión de los agrupamientos piqueteros y de trabajadores desocupados. Todos estos surgimientos indican el incremento de la capacidad reflexiva y autonutriente de estas presencias paulatinamente organizadas.

Procuré tantear los horizontes que, invisibles, acompañan a las familias mientras ellas se construyen acumulando experiencias, necesidades y proyectos. Los horizontes, como fronteras entre lo deseado y lo posible, siempre están presentes, aunque sólo existen para quienes los convocan con la mirada o la metáfora. En este libro, la mirada que surge de una disciplina psicológica y de una época atropelladora y cambiante será inevitable y venturosamente subjetiva.

Diferentes de los horizontes invisibles, las cronologías que constituyen un referente metodológicamente obligado ordenan los hechos, hilvanando un recorrido que no garantiza la certeza acerca de cómo transcurrieron las historias de quienes se conglomeraron en las organizaciones familiares. El tiempo cronológico, estricto, material, políticamente correcto en todas las épocas, debe detenerse para que resulte posible atrapar el segmento ordenador que permita interpretar las historias. 

Tal como lo escribió Shakespeare: “El pensamiento, siervo de la vida, y la vida, juguete del tiempo, y el tiempo, que rige el mundo entero, deben detenerse”.
El pensamiento, la vida y el tiempo deben detenerse, coagulados en documentos y testimonios que nos conduzcan a recrear lo que se tornó antiguo y memorioso. A partir de estas pausas, compaginamos nuestros horizontes con los relatos de aquellos que construyeron sus vidas, sus pensamientos y la dimensión relativa de su tiempo, mientras preparaban, sin saberlo, su relación con nosotros, “sobre el borde de estar-en-común”.

Eva Giberti
(Fragmento de su libro "La familia, a pesar de todo")
Foto: Eva Giberti.



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