2 de junio de 2013

El argentino que se hizo querer de todos

Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio
Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en
nuestro miedo al avión y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la
noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas
de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.

 A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y
en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la
orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una
fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó
hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas
heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una
recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles,
que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk.

No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también
con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni
Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.
 Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un
parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más
difíciles: La noche de Mantequilla Nápoles. Es la historia de un boxeador en desgracia
contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires,
cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la
hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el
cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la
muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde
poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus
contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el
sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le
dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y
daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una
comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que
querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba
parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este
mundo.

 Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también los
que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como
en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su
memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un
intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar
de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una
presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y
extraña. En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte
de conocer.


Gabriel García Márquez
Foto: Gabo y Julio en su departamento de París



No hay comentarios: