24 de julio de 2013


"Había un millón de miradas en mis ojos, por eso pensé que un milagro me había hecho nacer en un lugar de rocas y de mar sin límites. Pensé muchas cosas que no me acercaban a la verdad y ya cansada dejé de mirar y resolví entregarme a la magia sin temor y sin remordimientos. Había un mazo de cartas en nuestra casa; lo tomé y lo oculté bajo mi abrigo. Nunca nadie me vio jugar con naipes, ni me enseñó ningún juego... Trabajaba en casa una mujer que sabía tejer y destejer y que afirmaba que el tejido se parecía íntimamente a la adivinación del porvenir, sin dificultad. Acepté la idea y así empezó mi carrera de adivina. Todas las cosas que aquí relato, o casi todas, las soñé antes de vivirlas.

Guardo el mazo de cartas debajo de la alfombra del cuarto. Si mi madre lo encuentra, me pone en penitencia. Yo no hago ningún mal en adivinar las cosas. Los otros días, al salir para la escuela, se me acercó una señora muy bonita con la que soñé y, acariciándome el pelo, me dijo:

—Me han dicho que sos adivina, ¿es verdad?

—Es verdad, pero mamá no me deja serlo. Dice que el mundo es muy inmoral y que no tengo por qué enterarme de lo que hacen las personas mayores. ¿Por qué voy a enterarme? Si yo adivino, adivino, y nadie me cuenta nada. En mis sueños descubro todo y los sueños no son pecado.

La señora me miró sonriente.

—Esas son cosas de personas mayores —dijo—. Si vos no fueras la hija de tu mamá, esa señora no te hubiera dicho esas cosas. A lo mejor tiene miedo de que adivines los secretos de su casa o de sus amigas.

A mí me parece muy natural. Yo estoy de acuerdo con vos y me parece que vas a ser una persona muy importante, porque van a venir a consultarte de todas partes del mundo. Ahora ¿vas al colegio?

—Sí. Tengo que apurarme. Son las ocho. —Miré el reloj de pulsera y vi que eran las ocho menos cinco —. Tengo que correr.

La señora se agachó y me dijo:

—Me llamo Lila. ¿No te olvidarás de mí, verdad? ¿Te gustan las flores? Entonces te acordarás de mí cuando pienses en las lilas. ¿ Y vos cómo te llamás?

—Me llamo Luz. Y como usted siempre estará viendo la luz, se acordará de mí, ¿no es cierto?

La señora me dio un beso y yo salí corriendo. Cuando llegué al colegio, pensé que era tarde. Me disculpé con una mentira. Dije que me había caído y para que pareciera real me até un pañuelo alrededor de la rodilla, como un mis sueños. En cuestiones de historia y geografía, mi don de adivinación no funcionaba. En matemáticas, tampoco. Yo necesitaba algo humano, apasionado y lleno de complicaciones. Estudiar no me gustaba. Cuando volví a casa, mi madre me esperaba en la puerta. Me pidió que le mostrara los cuadernos.

—Qué desprolija —me dijo—. Nadie dirá que este cuaderno es de una chica de once años. No comprendo por qué no sigues nuestra costumbre de mantener el orden.

Yo la oía hablar pensando en otra osa. Pensaba en la señora que me había tratado tan bien en la calle y que me admiraba por mi sabiduría. Mi madre frunció el ceño y me dijo:

—Si seguís así, voy a tener que ponerte en penitencia. Crees que sos una persona muy importante, a tu edad. ¿No sabés que el orgullo es el peor de los pecados?

Le contesté:

—¿Por qué va a ser el peor? La concupiscencia es peor, el coito.

—No hables de cosas que no sabés.

Durante esa conversación, distraídamente, pues soy muy distraída, levanté con la punta del pie la alfombrita de mi cuarto, donde estaban escondidas las barajas. Mi madre miró con espanto.

—¿Por qué tenés escondidas esas barajas? Son las barajas de tirar la suerte. Las usan las adivinas. Por algo las has escondido. Vos no das puntada sin nudo.

Me arrodillé para juntar las barajas por donde se asomaba la reina de corazones, igualito que en mis sueños. Mi madre me dijo:

—Dame las barajas inmediatamente.

—No te las puedo dar porque me las prestó una chica del colegio.

—Dámelas inmediatamente.

—¿Quieres que me porte mal con ella? Le prometí devolvérselas y no dárselas a nadie.

—No me interesan tus promesas. ¿Cómo se llama la chica?

—Rufina Gómez.

—No me dijiste que esa chica era amiga tuya.

—¿Acaso voy a pedir permiso para tener una amiga?

—Permiso no, pero ocultarlo tampoco.

—Sépaselo que yo no oculto nada. Si usted no adivina, no es mi culpa. Más buena eras en mi sueño.

—¿Dónde aprendiste a hablar con tanto orgullo?

—En esta casa. Usted es la única orgullosa.

—Este diálogo ridículo tiene que terminar. Dame las barajas.

Le di las barajas. Son unas barajas muy bonitas. Rufina Gómez casi nunca juega con ellas, ni siquiera aprendió a tirar las cartas. Además, es facilísimo, porque cada carta lleva escrito en francés lo que le va a pasar a la persona que le toca la carta. Uno no sabe nada, en realidad; simplemente baraja varias veces, coloca una por una sobre la mesa y, después de contarlas una por una, va saliendo la carta que pertenece al consultante. Es divertidísimo. Pero ya no podía tener esas cartas y me arreglaría lo mismo con cualquier tipo de cartas. En el fondo, la adivinación es una cosa muy fácil: las personas que te consultan te dicen simplemente lo que les va a pasar, el carácter que tienen, la edad, las enfermedades, los peligros que les amenazan, todo, todo lo sabe el consultante y te lo dice preguntándote: “Usted cree que voy a ser desdichada?” o “¿Usted cree que voy a ser feliz?” o “¿Usted cree que me voy a enamorar?” o “¿Usted cree que me van a ser infiel?”. Todo ya está adivinado. Uno no tiene que hacer ningún esfuerzo."

Silvina Ocampo
(Fragmento de su cuento "Soñadora compulsiva")







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