10 de julio de 2013

La excavación


"No le quedaba otro recurso que cavar hacia delante. Cavar con todas sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban; quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. 

Su esperanza crecía con la asfixia. Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla de túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran las filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente."

Augusto Roa Bastos
(Fragmento de "La excavación" de su libro El Trueno entre las hojas)








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