17 de agosto de 2013


D O M I N G O  A  L A  N O C H E

"Qué solo estoy, Dios mío. Pienso en todos los varones que alguna vez conocí, amigos, amigos de amigos, compañeros de trabajo (de cuando trabajaba), y los veo felices comiendo pizza, atontados de cerveza, limpiándose los dedos engrasados en los pantalones. Pienso: “Tal vez, si me gustara el fútbol...” No digo mucho; no: apenas lo suficiente para exaltarme y estallar y dejarme arrullar por la música anónima de alguna patria viril. Pero no: resulta que me gusta el tenis. 

El tenis, deporte solitario que, encima, ya ni siquiera es “el deporte blanco”. James Bond, el tenis... ¿Qué futuro puede haber para aquel que se formó en la creencia de que masculinidad e individualismo van juntos? Es obvio que para que haya identidad masculina tiene que haber más de un hombre: la masculinidad es hoy una ficción gregaria. (Pero para comprender eso a tiempo, mientras estaba tierno, no tendría que haber ido a la escuela Bond sino al seminario Cassavetes, donde Hombre no es otra cosa que el nombre de un tipo particular de agrupamiento corporal y pasional, una forma de manada: una muta.) 

Suena el teléfono; de golpe me acuerdo de que tengo un teléfono. Es Eric, el paseador de perros. Está inquieto porque hace rato que no ve a mi rottweiler en la plaza. ¡Rosa! De golpe me acuerdo de que tengo una rottweiler. Voy con el inalámbrico hasta la cocina, abro la puerta del baño de servicio y la encuentro tirada en el piso, medio muerta, con las fauces espolvoreadas de Cif ultrablanco y unas hebras de virulana asomándole entre los dientes. Parece una perra cocainómana. Eric me explica cómo hacer para lavarle el estómago. Cuando termina de darme las instrucciones me aconseja que la venda apenas se reponga. “¿Venderla?”, le pregunto. “Ya no confía en usted”, me dice Eric: “tenerla sería un peligro: es una raza re rencorosa”. Le pregunto si conoce algún grupo de autoayuda de dueños de rottweiler. No es bueno que el hombre esté solo, y como grupo de pertenencia algo así no estaría mal. Me dice que no, pero uno de sus clientes, dueño de un salchicha, organiza unos talleres de nueva masculinidad o algo por el estilo."

Alan Pauls 
(Fragmento de "Mi vida como hombre. Un diario")










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