30 de agosto de 2013




"En el colmado hindú merodeo hasta que el propietario, el señor Patel, dice:

—La señora Fowler salió ayer a la calle, chillando y gritando.

—Ah, sí, ¿qué decía?

—Decía a gritos: Nadie de vosotros me ayudó a tener agua caliente y un baño cuando tuve un hijo, a nadie le importó que no tuviera comida que darle. He vivido toda mi vida sin agua caliente y sin un baño, y si volvéis, avisaré a la policía.

El señor Patel me lo cuenta lentamente, con ojos graves y preocupados fijos en mi cara, no me atrevo a sonreír. Mantiene los ojos en mi cara, llenos de reproches y serios, me dice:

—En Kenya, antes de que tuviéramos que partir, pensaba que todo el mundo en este país era rico.

—Entonces, ahora lo conoce mejor.

Pero quiere decirme algo más, algo distinto. Esperé, cogí unas galletas, las dejé en su sitio, examiné una lata de comida de gato.

Al final me dice, en voz baja:

—Antes, entre nosotros, no hubiéramos permitido que un anciano de los nuestros llegara a este tipo de vida. Pero ahora... las cosas cambian entre nosotros.

Personalmente, me siento en la obligación de disculparme. Finalmente, le digo:

—Señor Patel, no puede quedar mucha gente como la señora Fowler.

—Cada día tengo a seis, siete, en mi tienda. Todos como ella, sin nadie que los cuide. Y la mía es solo una tienda.

Parece como si me acusara. Acusa mi ropa, mi estilo. Estoy fuera de lugar en esta tiendecita de barrio. Y, luego, al sentir que quizá me haya ofendido, coge un pastel de un estante, uno de los que le gustan a Maudie, y me dice:

—Déselo a ella.

Nuestras miradas se vuelven a encontrar y, en esta ocasión, de manera distinta: estamos horrorizados, asustados, es demasiado para ambos."

Doris Lessing
Fragmento de "Diario de una buena vecina"










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