4 de agosto de 2013


"Meterse, se repitió Camilo. Meterse en nuestras casas: pararse delante de una puerta, es decir, llegar corriendo y detenerse frente a una puerta, agarrar el picaporte y sacudirlo a medias para verificar si está cerrada y a medias para llamar la atención de los que permanecen adentro. Pero no, cerrada. Entonces sacudir una vez más el picaporte, enérgica, inútilmente y después tomar distancia frente a esa madera dura y terca y pegar una patada. Pero para pegar bien había que darle con la parte de abajo y para pegar con la parte de la suela era necesario arquear los dedos del pie. Por lo tanto, abrir una puerta de una patada era lo mismo o casi que pisar un insecto que hubiera aparecido por el zócalo. 

Abrir era pisar, meterse era pisar, y él una vez entró así a la habitación donde se había encerrado Cleo: patear y pisar y que la puerta crujiera; apretando el pie y los dientes hasta que eso estallara saltando una astilla al costado con la que se raspó al avanzar hacia Cleo, que se había parado al lado de la cama, no en la cama, que por otro lado estaba deshecha y olorosa, sino en el fondo, debajo de ese cuadro de garzas, y con las manos delante del pecho. 

Meterse era dar patadas. Meterse era violar, aunque a una mujer como Cleo no se la violaba sino que aunque diga No, hoy no quiero, Camilo, estoy indispuesta, al fin de cuentas es hacerle el gusto aunque ella no lo sepa o prefiera no decirlo. Meterse, pues, era romper, dar patadas, y llamando a las cosas por su nombre, violar, y Camilo se secó las manos en la sábana.”

David Viñas
(Fragmento de "En la semana")









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