10 de agosto de 2013




"Miraba mucho las fotografías.
Me fascinaban las de bailarinas, actrices.
No me acuerdo si me gustaba mucho posar a esa edad. Creo que me gustaba más tomar yo misma las fotos.
Recuerdo sí que me llevaban a los estudios famosos en París, en Roma, en Buenos Aires.

Soñaba con ser una gran actriz, dedicarme al teatro por entero, trabajar en forma independiente de mi familia. Supongo que como todo adolescente.
Me gustaba callejear, pero cuando llegaba la noche y había programa de ir al teatro, ¡era la gloria!
Vivía cada palabra de las actrices y me veía sobre el escenario actuando.

Representé Perséphone de Strawinsky por primera vez en 1925/26. Me sentía una actriz. Quería que esa fuera mi profesión. Adoraba representar y me sentía feliz en el ambiente teatral, pero mi familia se oponía a todo, hasta que tuviera trato con gente de teatro. Era el gran drama de mi vida entonces.

Las reglas señalaban que una señorita no debía ni tratar con actrices. Sin embargo, cada día sentía mayor atracción por el teatro. En El Rey David de Honegger, con Ansermet, comprendí el concepto de realización artística.
En 1936 traje a Strawinsky a Buenos Aires e hice de recitante en Perséphone en el Teatro Colón y más tarde en Río de Janeiro.
Finalmente, acepté que no sería actriz.

Me encantaba la vida. Actuar, leer, caminar, manejar autos, escuchar música, comprar buena ropa, ¡Todo!
No soportaba el NO, ni las censuras. Recuerdo que de jovencita, cuando me prohibían leer algún libro, ¡me quería tirar por la ventana!
Algo que me gustaba con locura era bailar.
Mis grandes compañeros de baile eran Ricardo Güiraldes y Vicente Madero, y Julián, se entiende. ¡Ricardo bailaba el tango como nadie!"

Victoria Ocampo










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