29 de agosto de 2013





PRIMER TRANSBORDO

"Eran uno de esos días que acababan alunados, con revoloteo de fatídicos alguaciles, y mi madre como estatua en el jardín esperando que la rosa mayor se abriera, o carta de mi padre, o recuerdos volvedores. 
Yo había preferido esperar también, jugando a la paciencia, pero al fin se fue a cuidar a la abuela enferma y, partida en dos por mi desesperado berrinche, me arrastró hasta la casa de al lado pasando la puerta de alambre abierta en el cerco, mientras mi hermana Laura se calzaba unos guantecitos triunfales porque nos separaba. 
La de al lado, la casa de los Montero presidida por la Nona que no era abuela mía sino de todos y me enseñaba palotes y letras y mientras atizaba su hornallita de carbón decía que yo no era mala, lástima ese pelo tan reacio.

La cocina de los Montero era diminuta pero en ella cabían una mesita cubierta de papel de estraza donde se separaba la piedra de la lenteja, una caja oscura de cuando las catedrales eran radios, una pila de revistas viejas, sillas de paja, almanaques y santos sucios de mosca y eternidad. 
Allí estaban don Marcos, Marido de la Nona y su hija Tula, muchacha grande, la tonta de la familia.
Don Marcos me tendió el suplemento de historietas en colores, borros tras la cortina de lagrimones. En el periódico que hojeaba él, yacía un hombre en camisa, los ojos  entrecerrados, cubierto de sangre. Mirarlo fijamente distrajo  mi drama, mientras Tula pretendía apartarme, guardar a todo ese hombre ensangrentado para ella sola. 
-Aquí está la Gatita Princesa, ¿ves?

Sultán, el cuzco blanco, vino a enroscarse bajo la mesa desparramando olor a camiseta sucia, mientras el carbón de la hornallita chisporroteaba como los fuegos artificiales. 
-Ven para acá- me dijo dulcemente la Nona aquella noche, mirándome desde el cielo, igualita a Pío XII, con gafas redondas y batón sacerdotal, pero con pantuflas rotosas que jamás pisarían balcones de grana. 
Tula puso un almohadón sobre una silla y me senté a separar la piedra de la lenteja, mientras el fantasma del pistolero muerto rondaba la puerta de cristales chorreados. 

-¿Y mi mamá cuándo volverá de Merlo?
-Mañana si Dios quiere- contestó la Nona.
-Cuanto mejor te portes más pronto volverá- mintió Tula. 
Y encendió la radio para tapar otras preguntas, la avivó con golpecitos que suscitaban descargas y una música remota, como a través de las olas, Desde que se fue nunca más volvió caminito amigo yo también me voy.
-Ay madre santísima- suspiró la Nona sin quejarse de nada en especial, pero esa era la voz de los huesos doloridos. 
Y yo pensé en mi madre y si sería santísima, ella también decía mi santa madre cuando hablaba de la abuela Carmen. 

-¿Qué quiere decir santa?
-Santa es una persona o una nena que se porta bien, no tiene rabietas ni hace preguntas impertinentes – contestó Marcos alzando apenas los ojos del diario.
Durante mucho tiempo me fui a la cama temprano y esa noche dormí en un catre, en la pieza de Miguel, uno de los hermanos de Tula que estaba de viaje. La Nona me tapó los pies con un cuero de oveja y no había terminado de encender la velita de noche mientras rezaba el padrenuestro, cuando me dormí sin tiempo de decir “me duermo”.”

María Elena Walsh 
(Fragmento de "Novios de antaño")












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