11 de septiembre de 2013

Recordamos a Manucho Mujica Láinez en un nuevo aniversario de su nacimiento. 


“... Quizá lo más lógico, para la comprensión plena de lo que escribo, fuera que yo le hablara ante todo, Reverendo Padre, acerca de la casa que de niños llamábamos la casa cerrada y que se levanta todavía junto a la que fue del doctor Miguel Salcedo, entre el convento de Santo Domingo y el hospital de los Betlemitas. Frente a ella viví desde mi infancia, en esa misma calle, entonces denominada de Santo Do­mingo y que luego mudó el nombre para ostentar uno glorioso: Defensa.

¡Cuánto nos intrigó a mis hermanos y a mí la casa cerrada! Y no sólo a nosotros. Recuerdo haber oído una conversación, siendo muy muchacho, que mi ma­dre mantuvo en el estrado con algunas señoras, y en la cual aludieron misteriosamente a ella. También las inquietaba, también las asustaba y atraía, con sus postigos siempre clausurados detrás de las rejas hos­tiles, con su puerta que apenas se entreabría de ma­drugada para dejar salir a sus moradores, cuando acudían a la misa del alba en los franciscanos y, poco más tarde, a la mulata que iba de compras. No necesito decirle quiénes habitaban allí. Con seguridad, si hace memoria, lo recordará usted. 

Harto lo sabía­mos nosotros: eran una viuda todavía joven, de fa­milia acomodada, y sus dos hijas. Nada justificaba su reclusión. Las mozas crecieron al mismo tiempo que nosotros, pero jamás cambiaron ni con mis her­manos ni conmigo ni con nadie que yo sepa, una palabra. Se rebozaban como monjas para concurrir al oficio temprano. Luego conocí el motivo de su en­claustramiento. Por él he sufrido mi vida entera; a causa de él le escribo hoy con mano temblorosa, cuan­do la muerte se aproxima. Debí hacerlo antes y lo intenté en varias oportunidades, pero me faltó au­dacia.

En una ocasión —ellas tendrían alrededor de quin­ce años— pude ver el rostro de mis jóvenes vecinas. La curiosidad nos inflamaba tanto, que mi hermano mayor y yo resolvimos correr la aventura de desli­zarnos hasta la casa frontera por las azoteas que la cercaban. iTodavía me palpita el corazón al recor­darlo! Aprovechamos la complicidad de un amigo que junto a ellas vivía y, silenciosos como gatos, con­seguimos asomarnos con terrible riesgo a su patio interior. Allí estaban las dos muchachas, sentadas en el brocal del aljibe, peinándose. Eran muy hermosas, Reverendo Padre, con una hermosura blanquísima, de ademanes lentos; casi irreal. 

Las mirábamos des­de la altura, escondidos por un enorme jazminero, y se dijera que el perfume penetrante ascendía de sus cabelleras negras, lustrosas, tendidas al sol. Desde entonces no puedo oler un jazmín sin que en mi me­moria renazca su forma blanca y negra. Fue la úni­ca vez que las vi, hasta lo otro, lo que le narraré más adelante, aquello que sucedió en 1807, exactamente el 5 de julio de 1807..."


Manuel Mujica Láinez
(Fragmento de "La casa Cerrada")










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