31 de agosto de 2013



NEGRA MARÍA
(Milonga)

Bruna, bruna
nació María
y está en la cuna.
Nació de día,
tendrá fortuna.
Bordará la madre
su vestido largo.
Y entrará a la fiesta
con un traje blanco
y será la reina
cuando María
cumpla quince años.

Te llamaremos, Negra María...
Negra María, que abriste
los ojos en Carnaval.
Ojos grandes tendrá María,
dientes de nácar,
color moreno.
¡Ay qué rojos serán tus labios,
ay qué cadencia tendrá tu cuerpo!
Vamos al baile, vamos María,
negra la madre, negra la niña.
¡Negra!... Cantarán para vos
las guitarras y los violines
y los rezongos del bandoneón.
Te llamaremos, Negra María...
Negra María, que abriste
los ojos en Carnaval.


Bruna, bruna
murió María
y está en la cuna.
Se fue de día
sin ver la luna.
Cubrirán tu sueño
con un paño blanco.
Y te irás del mundo
con un traje largo
y jamás ya nunca,
Negra María, tendrás quince años.
Te lloraremos, Negra María...
Negra María, cerraste
los ojos en Carnaval.

¡Ay qué triste fue tu destino,
ángel de mota,
clavel moreno!
¡Ay qué oscuro será tu lecho!
¡Ay qué silencio tendrá tu sueño!
Vas para el cielo, Negra María...
Llora la madre, duerme la niña.
Negra... Sangrarán para vos
las guitarras y los violines
y las angustias del bandoneón.
Te lloraremos, Negra María...
Negra María, cerraste
los ojos en Carnaval.

Homero Manzi, Lucio Demare











Todo es muy simple

Todo es muy simple mucho
más simple y sin embargo
aún así hay momentos
en que es demasiado para mí
en que no entiendo
y no sé si reírme a carcajadas
o si llorar de miedo
o estarme aquí sin llanto
sin risas
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.


Idea Vilariño











"«Ojalá fuéramos inseparables». Ella entendió que era algo así como una declaración de amor. Y era. Cuando estabamos terminando la crema aurora, me preguntó por qué había dicho eso, y estaba seria y lindísima. Yo no estaba lindísimo pero sí estaba serio cuando imaginé que la mejor respuesta era enviarle mi mano por entre el tenedor y las copas..."

Mario Benedetti










30 de agosto de 2013



La noche

No consigo dormir.
Tengo una mujer atravesada entre los párpados.
Si pudiera, le diría que se vaya;
pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

Arránqueme, señora, las ropas y las dudas.
Desnúdeme, señora, desdúdeme.

Yo me duermo a la orilla de una mujer:
yo me duermo a la orilla de un abismo.


Eduardo Galeano
Foto: Norberto Suárez, Leonor Benedetto















"En el colmado hindú merodeo hasta que el propietario, el señor Patel, dice:

—La señora Fowler salió ayer a la calle, chillando y gritando.

—Ah, sí, ¿qué decía?

—Decía a gritos: Nadie de vosotros me ayudó a tener agua caliente y un baño cuando tuve un hijo, a nadie le importó que no tuviera comida que darle. He vivido toda mi vida sin agua caliente y sin un baño, y si volvéis, avisaré a la policía.

El señor Patel me lo cuenta lentamente, con ojos graves y preocupados fijos en mi cara, no me atrevo a sonreír. Mantiene los ojos en mi cara, llenos de reproches y serios, me dice:

—En Kenya, antes de que tuviéramos que partir, pensaba que todo el mundo en este país era rico.

—Entonces, ahora lo conoce mejor.

Pero quiere decirme algo más, algo distinto. Esperé, cogí unas galletas, las dejé en su sitio, examiné una lata de comida de gato.

Al final me dice, en voz baja:

—Antes, entre nosotros, no hubiéramos permitido que un anciano de los nuestros llegara a este tipo de vida. Pero ahora... las cosas cambian entre nosotros.

Personalmente, me siento en la obligación de disculparme. Finalmente, le digo:

—Señor Patel, no puede quedar mucha gente como la señora Fowler.

—Cada día tengo a seis, siete, en mi tienda. Todos como ella, sin nadie que los cuide. Y la mía es solo una tienda.

Parece como si me acusara. Acusa mi ropa, mi estilo. Estoy fuera de lugar en esta tiendecita de barrio. Y, luego, al sentir que quizá me haya ofendido, coge un pastel de un estante, uno de los que le gustan a Maudie, y me dice:

—Déselo a ella.

Nuestras miradas se vuelven a encontrar y, en esta ocasión, de manera distinta: estamos horrorizados, asustados, es demasiado para ambos."

Doris Lessing
Fragmento de "Diario de una buena vecina"













De pronto entró la libertad


De pronto entró la Libertad.
Estábamos todos dormidos,
algunos bajo los árboles,
otros sobre los ríos,
algunos más entre el cemento,
otros más bajo la tierra.
De pronto entró la Libertad
con una antorcha en la mano.
Estábamos todos despiertos,
algunos con picos y palas,
otros con una pantalla verde,
algunos más entre libros,
otros más arrastrándose, solos.
De pronto entró la Libertad
con una espada en la mano.
Estábamos todos dormidos,
estábamos todos despiertos
y andaban el amor y el odio
más allá de las calaveras.
De pronto entró la Libertad,
no traía nada en la mano.
La Libertad cerró el puño.
¡Ay! Entonces...

Raúl González Tuñón










29 de agosto de 2013





PRIMER TRANSBORDO

"Eran uno de esos días que acababan alunados, con revoloteo de fatídicos alguaciles, y mi madre como estatua en el jardín esperando que la rosa mayor se abriera, o carta de mi padre, o recuerdos volvedores. 
Yo había preferido esperar también, jugando a la paciencia, pero al fin se fue a cuidar a la abuela enferma y, partida en dos por mi desesperado berrinche, me arrastró hasta la casa de al lado pasando la puerta de alambre abierta en el cerco, mientras mi hermana Laura se calzaba unos guantecitos triunfales porque nos separaba. 
La de al lado, la casa de los Montero presidida por la Nona que no era abuela mía sino de todos y me enseñaba palotes y letras y mientras atizaba su hornallita de carbón decía que yo no era mala, lástima ese pelo tan reacio.

La cocina de los Montero era diminuta pero en ella cabían una mesita cubierta de papel de estraza donde se separaba la piedra de la lenteja, una caja oscura de cuando las catedrales eran radios, una pila de revistas viejas, sillas de paja, almanaques y santos sucios de mosca y eternidad. 
Allí estaban don Marcos, Marido de la Nona y su hija Tula, muchacha grande, la tonta de la familia.
Don Marcos me tendió el suplemento de historietas en colores, borros tras la cortina de lagrimones. En el periódico que hojeaba él, yacía un hombre en camisa, los ojos  entrecerrados, cubierto de sangre. Mirarlo fijamente distrajo  mi drama, mientras Tula pretendía apartarme, guardar a todo ese hombre ensangrentado para ella sola. 
-Aquí está la Gatita Princesa, ¿ves?

Sultán, el cuzco blanco, vino a enroscarse bajo la mesa desparramando olor a camiseta sucia, mientras el carbón de la hornallita chisporroteaba como los fuegos artificiales. 
-Ven para acá- me dijo dulcemente la Nona aquella noche, mirándome desde el cielo, igualita a Pío XII, con gafas redondas y batón sacerdotal, pero con pantuflas rotosas que jamás pisarían balcones de grana. 
Tula puso un almohadón sobre una silla y me senté a separar la piedra de la lenteja, mientras el fantasma del pistolero muerto rondaba la puerta de cristales chorreados. 

-¿Y mi mamá cuándo volverá de Merlo?
-Mañana si Dios quiere- contestó la Nona.
-Cuanto mejor te portes más pronto volverá- mintió Tula. 
Y encendió la radio para tapar otras preguntas, la avivó con golpecitos que suscitaban descargas y una música remota, como a través de las olas, Desde que se fue nunca más volvió caminito amigo yo también me voy.
-Ay madre santísima- suspiró la Nona sin quejarse de nada en especial, pero esa era la voz de los huesos doloridos. 
Y yo pensé en mi madre y si sería santísima, ella también decía mi santa madre cuando hablaba de la abuela Carmen. 

-¿Qué quiere decir santa?
-Santa es una persona o una nena que se porta bien, no tiene rabietas ni hace preguntas impertinentes – contestó Marcos alzando apenas los ojos del diario.
Durante mucho tiempo me fui a la cama temprano y esa noche dormí en un catre, en la pieza de Miguel, uno de los hermanos de Tula que estaba de viaje. La Nona me tapó los pies con un cuero de oveja y no había terminado de encender la velita de noche mientras rezaba el padrenuestro, cuando me dormí sin tiempo de decir “me duermo”.”

María Elena Walsh 
(Fragmento de "Novios de antaño")
















"Antúnez entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y Reconquista, sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los hechos de la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía con Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal sin elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los dos se usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente. Antúnez se despertaba pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor agrio de la luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana, sin nada que lo hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto y como si hablara sola le pidió que no se fuera. Antúnez se largó a reír: “¿Para qué?”, dijo. “¿Quedarme?”, dijo él, un hombre pesado, envejecido. 

“¿Para qué?”, le había dicho, pero ya estaba decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente de su inexorable decadencia, de los signos de ese fracaso que él había elegido llamar su destino. Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer salvo asomarse al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla venir, lerda, envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que tenía ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz. Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión de no hablar del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma el modo que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le daban de morirse o de volverse loca.

“Nos queda poco de juego, a ella y a mí”, pensó llegando al recodo del pasillo, y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer se le había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar fue que del otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los signos de la muerte en los cajones abiertos y los muebles vacíos, en los frascos, perfumes y polvos de Larry tirados por el suelo: la despedida o el adiós escrito con rouge en el espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido dejarle la mujer antes de irse."

Ricardo Piglia
(Fragmento de "La loca y el relato del crimen") 













MUCHACHA OJOS DE PAPEL

Muchacha ojos de papel, 
¿adónde vas? Quédate hasta el alba. 
Muchacha pequeños pies, 
no corras más. Quédate hasta el alba. 
Sueña un sueño despacito entre mis manos
hasta que por la ventana suba el sol. 
Muchacha piel de rayón, 
no corras más. Tu tiempo es hoy. 
Y no hables más, muchacha
corazón de tiza. 
Cuando todo duerma
te robaré un color. 

Muchacha voz de gorrión, 
¿adonde vas? Quédate hasta el día. 
Muchacha pechos de miel, 
no corras más. Quédate hasta el día. 
Duerme un poco y yo entretanto construiré
un castillo con tu vientre hasta que el sol, 
muchacha, te haga reír
hasta llorar, hasta llorar. 
Y no hables más, muchacha
corazón de tiza. 
Cuando todo duerma
te robare un color.

Luis Alberto Spinetta
Foto: Mercedes Robirosa









28 de agosto de 2013



"Las cosas han cambiado tanto que seguramente a mi padre le gustará seguir tan muerto como está. Debe estar pitando un rubio sin filtro, escondido entre unos arbustos como lo veo todavía. Estamos en un camino de arena, en el desierto de Neuquén, y vamos hacia Plaza Huincul a ver los pozos de YPF. Salimos temprano, por primera vez juntos y a solas, cada uno en su moto. Él va adelante en una Bosch flamante, y yo lo sigo en una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Es el otoño del 62 y está despidiéndose para siempre de la Patagonia.

Mi viejo va a cumplir cincuenta años y se ha empeñado hasta la cabeza para comprarse algo que le permita moverse por sus propios medios. Los últimos pesos me los ha prestado a mí para completar el anticipo de la Tehuelche que hace un barullo de infierno y derrapa en las huellas de los camiones. No hay nada en el horizonte, como no sean las nubes tontas que resbalan en el cielo. Algunos arbustos secos y altos como escobas, entre los que mi padre se detiene cada tanto a orinar porque ya tiene males de vejiga y esa tos de fumador. Anda de buen carácter porque el joven Frondizi anunció hace tiempo que "hemos ganado la batalla del petróleo". 

Quiere ver con sus propios ojos, tal vez porque intuye que no volverá nunca más a esas tierras baldías a las que les ha puesto agua corriente y retratos de San Martín en todas las paredes. Un soñador, mi viejo: acelera con el pucho en los labios y la gorra encasquetada hasta las orejas mientras me hace seña de que lo alcance y le pase una botella de agua.

La Tehuelche brama, se retuerce en los huellones, y la arena se me cuela por detrás de los anteojos negros. Por un momento vamos codo a codo, dos puntos solitarios perdidos entre las bardas, y le alcanzo la botella envuelta en una arpillera mojada. En el tablero de la motoneta lleva pegada una figurita de Marlene Dietrich que tanto lo habrá hecho suspirar de joven. Yo he pegado en mi tanque de nafta una desvaída mirada de James Dean y la calcomanía del lejano San Lorenzo que sólo conozco por la radio. Justamente: ese diminuto transistor japonés que recién aparece a los ojos del mundo es la más preciada joya que arriesgamos en el desierto. La voz de Alfredo Aróstegui y los radioteatros de Laura Hidalgo nos acompañan bajo un sol que hace brotar esperpentos y alucinaciones donde sólo hay viento y lagunas de petróleo perdido.

Mi padre pilotea que es un desastre. Zigzaguea por la banquina mientras inclina la botella y se prende al gollete. Merodea el abismo de metro y medio al borde del sendero. Le grito que se aparte mientras me saluda agitando la botella y se desbarranca alegremente por un despeñadero de cardos y flores rastreras. En la rodada pierde el pucho, las provisiones que cargamos en Zapala y hasta la figurita de Marlene Dietrich que me ha robado del álbum. Freno y vuelvo a buscarlo. A lo lejos diviso las primeras torres de YPF, que para mi padre son como suyas porque todo fluye de esta tierra y Frondizi dice que por fin hemos ganado la batalla del petróleo.

La motoneta está volcada con el motor en marcha y la rueda trasera gira en el vacío. Mi viejo trata de ponerse de pie antes de que yo llegue, pero lo que más se le ha herido es el orgullo. Se frota la pierna y putea por el siete abierto en el único pantalón, a la altura de la rodilla. Dice que ha sido mi culpa, que lo encerré justo en la subida, que por qué mierda me cruzo en su camino. Nunca seré buen ingeniero, agrega, y apaga el motor para enderezar el manubrio y recoger el equipaje.

Lo escucho sin contestar. Todavía hoy sigo subido a una barda, oyéndolo putear ahí abajo, mientras mi hijo juega con la espuma de las olas y grita alborozado en una playa de Mogotes. Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias. Queda el hermetismo de mi padre en la mirada del chico que corre junto al mar. A él le contaré esta tonta historia de pérdidas y caídas, la de mi padre que rueda y la mía que no supe defender."

Osvaldo Soriano
(Fragmento de "Petróleo" de su libro "Cuento de los años felices")















Tu nombre

Nace de mí, de mi sombra, 
amanece por mi piel, 
alba de luz somnolienta.

Paloma brava tu nombre, 
tímida sobre mi hombro.

Octavio Paz







EL BULIN DE LA CALLE AYACUCHO

El bulín de la calle Ayacucho,
que en mis tiempos de rana alquilaba,
el bulín que la barra buscaba
pa caer por la noche a timbear,
el bulín donde tantos muchachos,
en su racha de vida fulera,
encontraron marroco y catrera
rechiflado, parece llorar.

El primus no me fallaba
con su carga de aguardiente
y habiendo agua caliente
el mate era allí señor.
No faltaba la guitarra
bien encordada y lustrosa
ni el bacán de voz gangosa
con berretín de cantor.

El bulín de la calle Ayacucho
ha quedado mistongo y fulero:
ya no se oye el cantor milonguero,
engrupido, su musa entonar.
Y en el primus no bulle la pava
que a la barra contenta reunía
y el bacán de la rante alegría
está seco de tanto llorar.

Bulincito mistongo, tirado
en el fondo de aquel conventillo,
sin alfombras, sin lujo y sin brillo,
¡cuántos días felices pasé,
al calor del querer de una piba
que fue mía, mimosa y sincera...
¡Y una noche de invierno, fulera,
hasta el cielo de un vuelo se fue!

Celedonio Flores










27 de agosto de 2013


LA LLAVE MAESTRA

La luz de su cuarto me habla de él cuando no está,
me acompaña cuando tengo miedo,
y siempre tengo miedo porque soy valiente;
oye su paso sobre los mosaicos de la entrada
va a su encuentro cuando abre la puerta lentamente
cuando lo espero, y siempre lo espero;
lo mismo es para la luz eléctrica que para la luz del sol,
lo mismo para el sol que la luna o la estrella.
Un tapiz forma la luz complicada
es la vida y siempre la vida.
Si me quedara ciega la vería con mis patas
o tal vez con mi frente cuando llega.
El tapiz no lo forma la luz sino su llegada, el sonido
que cambia de oscuro en claro.
El tablero de la luz tiene varias llaves
pero una gobierna el resto:
se llama la llave maestra.
Del mismo modo el tablero de mi luz
tiene una sola llave que gobierna las otras
la llave que está en sus manos.
Apagaría todas las luces si quisiera
pero yo cierro los ojos para no ver
la oscuridad que podría ser luz
para no herirlo.

Silvina Ocampo












Recordamos al "Polaco" Goyeneche en un nuevo aniversario de su fallecimiento. 


GARÚA
(Tango)

¡Qué noche llena de hastío y de frío!
El viento trae un extraño lamento.
¡Parece un pozo de sombras la noche
y yo en la sombra camino muy lento.!
Mientras tanto la garúa
se acentúa
con sus púas
en mi corazón...

En esta noche tan fría y tan mía
pensando siempre en lo mismo me abismo
y aunque quiera arrancarla,
desecharla
y olvidarla
la recuerdo más.

¡Garúa!
Solo y triste por la acera
va este corazón transido
con tristeza de tapera.
Sintiendo tu hielo,
porque aquella, con su olvido,
hoy le ha abierto una gotera.
¡Perdido!
Como un duende que en la sombra
más la busca y más la nombra...
Garúa... tristeza...
¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar!

¡Qué noche llena de hastío y de frío!
No se ve a nadie cruzar por la esquina.
Sobre la calle, la hilera de focos
lustra el asfalto con luz mortecina.
Y yo voy, como un descarte,
siempre solo,
siempre aparte,
recordándote.
Las gotas caen en el charco de mi alma
hasta los huesos calados y helados
y humillando este tormento
todavía pasa el viento
empujándome.

Enrique Cadícamo, Aníbal Troilo










26 de agosto de 2013


LOS SUEÑOS DE LOS NIÑOS INVENTANDO PAÍSES
                                                                                
Porque el niño conserva todos los libres bríos
de la invención, baraja sus monstruos increíbles
y sus enloquecidos ángeles.
La bárbara inocencia sin prejuicios de la primera pureza
y el espléndido caos, el delirio de la razón, la fantasía.

El niño es el primer surrealista.

Y crece es hombre, y sigue viviendo más no sabe
y quien lo lleva adentro así lo ignora.
A veces, de manera sutil, eso supongo,
en cada acto adulto la infancia nos vigila
-una voz, un suceso rotundo, familiar, una lámpara,
una paloma herida con mensaje-.

Todo hombre en el final minuto de su invierno
piensa en algo lejano cuando muere.
Y la muerte es el último país que el niño inventa.

Raúl González Tuñón












El río y los peces 

Un viejo proverbio dice que enseñar a pescar es mejor que dar pescado. 
El obispo Pedro Casaldáliga, que vive en la región amazónica, dice que sí, que eso está muy bien, muy buena idea, pero ¿qué pasa si alguien compra el río, que era de todos, y nos prohíbe pescar? ¿O si el río se envenena, y envenena a sus peces, por los desperdicios tóxicos que le echan? O sea: ¿qué pasa si pasa lo que está pasando? 

Eduardo Galeano
(Fragmento de "Espejos")







FELIZ CUMPLEAÑOS, QUERIDO JULIO!!!


ETIQUETAS Y PRELACIONES

Siempre me ha parecido que el rasgo distintivo de nuestra familia es el recato. Llevamos el pudor a extremos increíbles, tanto en nuestra manera de vestirnos y de comer como en la forma de expresarnos y de subir a los tranvías. Los sobrenombres, por ejemplo, que se adjudican tan desaprensivamente en el barrio de Pacífico, son para nosotros motivo de cuidado, de reflexión y hasta de inquietud. Nos parece que no se puede atribuir un apodo cualquiera a alguien que deberá absorberlo y sufrirlo como un atributo durante toda su vida. 

Las señoras de la calle Humboldt llaman Toto, Coco o Cacho a sus hijos, y Negra o Beba a las chicas, pero en nuestra familia ese tipo corriente de sobrenombre no existe, y mucho menos otros rebuscados y espamentosos como Chirola, Cachuzo o Matagatos, que abundan por el lado de Paraguay y Godoy Cruz. Como ejemplo del cuidado que tenemos en estas cosas bastará citar el caso de mi tía la segunda. Visiblemente dotada de un trasero de imponentes dimensiones, jamás nos hubiéramos permitido ceder a la fácil tentación de los sobrenombres habituales; así, en vez de darle el apodo brutal de Anfora Etrusca, estuvimos de acuerdo en el más decente y familiar de la Culona. 

Siempre procedemos con el mismo tacto, aunque nos ocurre tener que luchar con los vecinos y amigos que insisten en los motes tradicionales. A mi primo segundo el menor, marcadamente cabezón, le rehusamos siempre el sobrenombre de Atlas que le habían puesto en la parrilla de la esquina, y preferimos el infinitamente más delicado de Cucuzza. Y así siempre.
  
Quisiera aclarar que estas cosas no las hacemos por diferenciarnos del resto del barrio. Tan sólo desearíamos modificar, gradualmente y sin vejar los sentimientos de nadie, las rutinas y las tradiciones. No nos gusta la vulgaridad en ninguna de sus formas, y basta que alguno de nosotros oiga en la cantina frases como: "Fue un partido de trámite violento", o: "Los remates de Faggioli se caracterizaron por un notable trabajo de infiltración preliminar del eje medio", para que inmediatamente dejemos constancia de las formas más castizas y aconsejables en la emergencia, es decir: "Hubo una de patadas que te la debo", o: "Primero los arrollamos y después fue la goleada". 

La gente nos mira con sorpresa, pero nunca falta alguno que recoja la lección escondida en estas frases delicadas. Mi tío el mayor, que lee a los escritores argentinos, dice que con muchos de ellos se podría hacer algo parecido, pero nunca nos ha explicado en detalle. Una lástima. 

Julio Cortázar
(Historias de cronopios y de famas)









25 de agosto de 2013




"Con ese azar que tiene la belleza y la nada, bajo una lava de muertos con ojos vendados y muñecas sangrantes le ponía un poema en los labios, que él ya no supo si dijo, pero que Mario si oyó cuando el poeta abrió la ventana y el viento desguarneció las penumbras:
Yo vuelvo al mar envuelto por el cielo el silencio entre una y otra ola establece un suspenso peligroso: muere la vida, se aquieta la sangre hasta que rompe el nuevo movimiento y resuena la voz del infinito
Mario lo abrazó desde atrás, y levantando las manos para cubrirle las pupilas alucinadas, le dijo:
-No se muera, poeta."

Antonio Skármeta
(Fragmento de "El cartero de Neruda")










ELLA LO DIJO EN UN POEMA 

Va pasando esta pena, 
la pena de la vida, 
la pena que no importa, 
tú la has sentido larga, 
yo la he sentido corta 
y aún está distante 
la tierra prometida. 

A nuestro paso errante 
fatal es todo empeño, 
toda esperanza es muerta, 
toda ilusión fallida ... 

Yo guardaré tu nombre, 
yo velaré tu sueño, 
yo esperaré contigo los primeros albores, 
yo enjugaré tu llanto cuando conmigo llores,
y cuando ya no quieras que camine contigo 
déjame abandonada como un grano de trigo 
sobre las sementeras ... 

¡Déjame para siempre cuando ya no me quieras!

Miguel Angel Asturias














MI BUENOS AIRES QUERIDO

...El farolito de la calle en que nací
fue el centinela de mis promesas de amor,
bajo su quieta lucecita yo la vi
a mi pebeta, luminosa como un sol.
Hoy que la suerte quiere que te vuelva a ver,
ciudad porteña de mi único querer,
y oigo la queja
de un bandoneón,
dentro del pecho pide rienda el corazón.

Mi Buenos Aires
tierra florida
donde mi vida
terminaré.
Bajo tu amparo
no hay desengaños,
vuelan los años,
se olvida el dolor.
En caravana
los recuerdos pasan,
con una estela
dulce de emoción.
Quiero que sepas
que al evocarte,
se van las penas
de mi corazón.

La ventanita de mi calle de arrabal.
donde sonríe una muchachita en flor,
quiero de nuevo yo volver a contemplar
aquellos ojos que acarician al mirar.
En la cortada más maleva una canción
dice su ruego de coraje y de pasión,
una promesa
y un suspirar,
borró una lágrima de pena aquel cantar.

Mi Buenos Aires querido,
cuando yo te vuelva a ver,
no habrá más pena ni olvido.


Carlos Gardel, Alfredo Le Pera







24 de agosto de 2013



Convencernos

Convencernos que somos capaces,
que tenemos pasta y nos sobra la clase.
Decidirnos en nuestro terreno
y tirarnos a más, nunca a menos.

Convencernos, no ser descreídos
que vence y convence el que esta convencido.
No sentir por lo propio un falso pudor,
aprender de lo nuestro el sabor.

Y ser, al menos una vez, nosotros,
sin ese tinte de un color de otros.
Recuperar la identidad,
plantarnos en los pies
crecer hasta lograr la madurez.
Y ser, al menos una vez, nosotros,
tan nosotros, bien nosotros, como debe ser...

Convencernos un día de veras,
que todo lo bueno no viene de afuera.
Que tenemos estilo y un modo,
que hace falta jugarlo con todo.

Convencernos, con fuerza y coraje
que es tiempo y es hora de usar nuestro traje.
Ser nosotros por siempre, y a fuerza de ser
convencernos y así convencer.

Y ser, al menos una vez, nosotros,
sin ese tinte de un color de otros.
Recuperar la identidad,
plantarnos en los pies
crecer hasta lograr la madurez.
Y ser, al menos una vez, nosotros,
tan nosotros, bien nosotros, como debe ser...

Queremos ser, alguna vez,
en el después nosotros.
Y vos también, y vos también,
y vos también venite con nosotros.
La realidad es, en verdad,
tratar de ser nosotros.
Y vos también, y vos también,
y vos también quedate con nosotros.
¡No con otros, con nosotros, como debe ser!

Chico Novarro, Eladia Blázquez













Canción cubana

¡Ay, José, así no se puede!

¡Ay, José, así no sé!

¡Ay, José, así no!

¡Ay, José, así!

¡Ay, José!

¡Ay!


Guillermo Cabrera Infante
(De "El erotismo geométrico como juego)







Recordamos al Maestro Jorge Luis Borges en un nuevo aniversario de su nacimiento 



AL HIJO

No soy yo quien te engendra. Son los muertos.
Son mi padre, su padre y sus mayores;
son los que un largo dédalo de amores
trazaron desde Adán y los desiertos

de Caín y de Abel, en una aurora
tan antigua que ya es mitología,
y llegan, sangre y médula, a este día
del porvenir, en que te engendro ahora.

Siento su multitud. Somos nosotros
y, entre nosotros, tú y los venideros
hijos que has de engendrar. Los postrimeros

y los del rojo Adán. Soy esos otros,
también. La eternidad está en las cosas
del tiempo, que son formas presurosas.

Jorge Luis Borges