30 de enero de 2014






"¡Cuántos días desolados transcurrieron en aquel banco del parque! Pasó todo el otoño y llegó el invierno. Terminó el invierno, comenzó la primavera(aparecía por momentos, friolenta y fugitiva, como quien se asoma a ver cómo andan las cosas, y luego, poco a poco, con mayor decisión y cada vez por mayor tiempo) y paulatinamente empezó a correr con mayor calidez y energía la savia en los árboles y las hojas empezaron a brotar; hasta que en pocas semanas, los últimos restos del invierno se retiraron del parque Lezama hacia otras remotas regiones del mundo.

Llegaron después los primeros calores de diciembre. Los jacarandaes se pusieron violetas y las tipas se cubrieron de flores anaranjadas. Y luego aquellas flores fueron secándose y cayendo, las hojas empezaron a dorarse y a ser arrastradas por los primeros vientos del otoño. Y entonces --dijo Martín-- perdió definitivamente la esperanza de volver a verla.

La "esperanza" de volver a verla (reflexionó Bruno con melancólica ironía). Y también se dijo: ¿no serán todas las esperanzas de los hombres tan grotescas como éstas? Ya que, dada la índole del mundo, tenemos esperanzas en acontecimientos que, de producirse sólo nos proporcionarían frustración y amargura; motivo por el cual los pesimistas se reclutan entre los ex esperanzados, puesto que para tener una visión negra del mundo hay que haber creído antes en él y en sus posibilidades. 

Y todavía resulta más curioso y paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son instantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo, parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante aunque lo disimulen debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse fuerte y siempre vigoroso, necesitase de vez en cuando un nuevo impulso producido por una nueva y brutal desilusión."

Ernesto Sábato
(Sobre héroes y tumbas)








29 de enero de 2014




"Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules. El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña y entendía su lengua. Ella confesó: –Yo quiero saber de qué color ve usted las cosas. 
–Del mismo que tú –sonrió el director. 
–¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?"

Eduardo Galeano






27 de enero de 2014




Cercanías

Los patios y su antigua certidumbre,
los patios cimentados
en la tierra y el cielo.

Las ventanas con reja
desde la cual la calle
se vuelve familiar como una lámpara.

Las alcobas profundas
donde arde en quieta llama la caoba
y el espejo de tenues resplandores
es como un remanso en la sombra.

Las encrucijadas oscuras
que lancean cuatro infinitas distancias
en arrabales de silencio.

He nombrado los sitios
donde se desparrama la ternura
y estoy solo y conmigo. 


Jorge Luis Borges 
(Fervor de Buenos Aires)










25 de enero de 2014



La escopeta

No era noche cerrada cuando estiré el brazo para encender la lámpara sobre la mesa. Era necesario que terminara de escribir mi artículo antes del alba y correr para echarlo al buzón y esperar acurrucado que volviera el cartero entre la bruma que el amanecer iba castigando con látigo del color exacto de la sangre fresca y brillante. 

Volvía muy gordo y tranquilo trayéndome el cheque mensual y era necesario apurarse y no fue más que encender la luz y oír el ruido de alguien tratando de forzar la cerradura y alrededor de mí la soledad de la aldea desierta, inmovilizada por la luna vertical justo en el centro geométrico del mundo tan inmenso con tantos millones de camas donde balbuceaban sus sueños personas diversas y dormidas, cada una con un hilo de baba rozando las mejillas y estirándose con dibujos raros en la blancura de las almohadas. 

Hasta que salté y me puse a un costado de la puerta preguntando muchas veces con un ritmo invariable quién es, qué quiere, qué busca. Y un silencio y el forcejeo rodeó la casita y continuó trabajando en una de las ventanas no recuerdo cual, impulsándome en dos movimientos sucesivos, casi sin pausa, a matar con la palma de la mano la luz de la mesa y abrir el armario para sacar la escopeta y luego caminando de una ventana a otra y de una ventana a la puerta, según variaban los ruidos del ladrón, siempre preguntando hasta la ronquera qué busca, haciendo girar la escopeta, oliendo crecer desde el pecho y las axilas el olor tenebroso del miedo y la fatalidad.

Después de una pausa y un pequeño ruido de papeles, el hombre de la baba blanca habló detrás de mi nuca. Su voz era átona:
-Este sí que es fácil. Un sueño elemental. Hasta un niño podría interpretarlo. Yo soy el ladrón que busca saber, entrar en su ego. ¿Por qué tanto miedo?

Juan Carlos Onetti






24 de enero de 2014



DONDE VA LA GENTE CUANDO LLUEVE

Una lluvia cae lentamente
y te lloran las mejillas al reir.
Dentro del oscuro medio dia,
moretones amplios hunden el sol,
árboles en llanto lavan el alquitrán.
Donde van los hombres, corren sin ver
buscan una casa donde secar su piel.

Donde va la gente cuando llueve,
siempre hay un lugar donde parar.

Tierna mujercita sumergida
en las aguas de mí brazo torrencial,
beso mucha lluvia, en tu sonrisa
hay un arcoiris tierno y precoz
en el abanico de tu pestaña gris.
Ves aquellos hombres corren sin ver,
buscan una casa donde cambiar su piel.

Donde va la gente cuando llueve,
donde los que no tienen lugar.

Donde van, donde van, donde van,
donde van, donde van.

Donde la señora la señora de alpillera,
donde le chico del harapo y arrabal,
donde los profetas de botella.
Una chimenea fuma su paz
sobre la terraza que ellos jamas podran.
Vamos a la lluvia niña de sol,
ves que todos corren pero no todos van.

Donde va la gente cuando llueve,
donde van aquellos que no van.

Donde van, donde van, donde van....

Miguel Cantilo
 
 
 
 
 
 

22 de enero de 2014








SIGA EL BAILE

Siga el baile, siga el baile
de la tierra en que nací;
la comparsa de los negros
al compás del tamboril.
Siga el baile, siga el baile
con ardiente frenesí;
un rumor de corazones
encendió el ritmo febril.

Ven a bailar,
te llevaré en las alas
de mi loca fantasía,
quiero olvidar
con besos nuestras penas,
torbellino de alegría.

Siga el baile, siga el baile
de la tierra en que nací;
la comparsa de los negros
al compás del tamboril.
Siga el baile, siga el baile
con ardiente frenesí;
un rumor de corazones
encendió el ritmo febril.

Dulce cantar,
caricia arrulladora,
embriagante, tentadora,
son musical
repica ya en los parches
con su ritmo tropical.

Siga el baile, siga el baile
de la tierra en que nací;
la comparsa de los negros
al compás del tamboril.
Al compás del tamboril,
¡hopa,hopa!
al compás del tamboril,
¡hopa, hopa!,
al compás del tamboril...



                                          Edgardo Donato, Carlos Warren                                              







20 de enero de 2014




SI ASI FUERA...

Si así fuera
Tránsito aparencial
y frase
perdida en un delta del
discurso y de la imagen
jamás completa
Si no hay belleza de la 
forma que se yerga
como un halcón sobre el 
paisaje
Si así fuera
Pequeña potestad del
anhelo sobre la tierra
¿eres tu propio fin?
¿y el poema
la mesa la madera
el cedro erguido como una
estela del verde tierno
en primavera y el bebé
bajo su sombra sostenido
en ambas piernas por primera
vez
un absurdo epistema?
que genera preguntas que no contienen
respuestas si así fuera

Diana Bellesi






18 de enero de 2014






SONETO XCVIII

Y esta palabra, este papel escrito 
por las mil manos de una sola mano, 
no queda en ti, no sirve para sueños, 
cae a la tierra: allí se continúa.

No importa que la luz o la alabanza 
se derramen y salgan de la copa 
si fueron un tenaz temblor del vino, 
si se tiñó tu boca de amaranto.

No quiere más la sílaba tardía, 
lo que trae y retrae el arrecife 
de mis recuerdos, la irritada espuma,

no quiere más sino escribir tu nombre. 
Y aunque lo calle mi sombrío amor 
más tarde lo dirá la primavera.

Pablo Neruda 






16 de enero de 2014





Balada del hombre que se calló la boca


El sol sale todos los días
cantan los pájaros o llueve
alguien nace, alguien muere, alguien sufre
un hombre se calló la boca.

Lo ricos cada vez más pobres,
sus armas cada vez más grandes,
sus miedos cada vez más chicos,
un hombre se calló la boca.

¿Qué espera para hablar?
¿Acaso es una copa no colmada?
Las copas pierden con el tiempo
un hombre se calló la boca.

¿Qué espera? ¿Tiene miedo?
¿No sabe? ¿Es un mártir?
¿Le sacaron la lengua? ¿Es sordo? ¿Ciego? ¿Qué es?
un hombre se calló la boca.

No quiere callar,
no quiere darle pedazos a la rabia.
¿Qué espera? ¿Esperaba? ¿Espera?
un hombre se calló la boca.

Pasaron años y vinieron
los que organizan la victoria
todos hablaron, pero antes
un hombre se calló la boca.

Juan Gelman - Juan Cedrón






14 de enero de 2014




UN LOCO

Es una tarde mustia y desabrida 
de un otoño sin frutos, en la tierra 
estéril y raída 
donde la sombra de un centauro yerra. 

Por un camino en la árida llanura, 
entre álamos marchitos, 
a solas con su sombra y su locura 
va el loco, hablando a gritos. 

Lejos se ven sombríos estepares, 
colinas con malezas y cambrones, 
y ruinas de viejos encinares, 
coronando los agrios serrijones. 

El loco vocifera 
a solas con su sombra y su quimera. 
Es horrible y grotesca su figura; 
flaco, sucio, maltrecho y mal rapado, 
ojos de calentura 
iluminan su rostro demacrado. 

Huye de la ciudad... Pobres maldades, 
misérrimas virtudes y quehaceres 
de chulos aburridos, y ruindades 
de ociosos mercaderes. 

Por los campos de Dios el loco avanza. 
Tras la tierra esquelética y sequiza 
-rojo de herrumbre y pardo de ceniza- 
hay un sueño de lirio en lontananza. 

Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano! 
-¡carne triste y espíritu villano!-.
No fue por una trágica amargura 
esta alma errante desgajada y rota; 
purga un pecado ajeno: la cordura, 
la terrible cordura del idiota.

Antonio Machado






13 de enero de 2014





Las calles 


Las calles de Buenos Aires
ya son mi entraña.
No las ávidas calles,
incómodas de turba y ajetreo,
sino las calles desganadas del barrio,
casi invisibles de habituales,
enternecidas de penumbra y de ocaso
y aquellas más afuera
ajenas de árboles piadosos
donde austeras casitas apenas se aventuran,
abrumadas por inmortales distancias,
a perderse en la honda visión
de cielo y llanura.
Son para el solitario una promesa
porque millares de almas singulares las pueblan,
únicas ante Dios y en el tiempo
y sin duda preciosas.
Hacia el Oeste, el Norte y el Sur
se han desplegado -y son también la patria- las calles;
ojalá en los versos que trazo
estén esas banderas. 



JORGE LUIS BORGES

(Fervor de Buenos Aires)








10 de enero de 2014



Recordamos a María Elena a tres años de su partida. 


Sin señal de adiós


Qué dulce modo tenés de no estar,
quédate así cuando te vas,
como un aroma de sol en la piel
mucho verano después


Qué melancólico modo tenés
de acompañar aunque no estés.
Tiembla en el aire del atardecer
verte por última vez.


Tanta vida mía
desvivir no sé.
A la lejanía
me acostumbraré
pero va por dentro la procesión
sin señal de adiós.


Qué dulce modo de permanecer,
cómo me das rumbo y ayer.
Hago de tanto trabajo de amor
lágrimas y resplandor.


Honda manera tenés de callar,
cántame así cuando te vas,
dejándome misterioso rumor
de manantial interior.



María Elena Walsh 








6 de enero de 2014



EL GATO Y EL FUEGO

"La primera película que vi fue un cortometraje del Gordo y el Flaco en el que todo el mundo se tira tortas de crema a la cara. Todavía me hace morir de risa, aunque Ojo por ojo, de 1929, es mucho mejor. La casualidad hizo que en la primera novela que contó en mi vida, Laurel y Hardy aparecieran de nuevo, esta vez como vampiros. La leí en 1961 y conservo el ejemplar de la colección Minotauro, mortecino y pegado con cinta scotch. Es Soy leyenda, de Richard Matheson, el tipo que hace unos días, ya viejo, se jugó la vida en el incendio de California para salvar a su gato. Me hubiera gustado ver las películas del otro, un tal Duncan Gibbins, que sí murió en el intento. (...)

La mitología dice que, al morir, los gatos van a sentarse sobre la redondez de la luna. Hay quienes sólo pueden verlos en las noches claras. Otros los vemos en todas las penumbras. Gibbins hacía películas de segunda clase y llevaba a su gato a todas partes. Matheson, en cambio, es un gran novelista. En 1954 empezó su carrera con un relato que entró en todas las buenas antologías de ciencia ficción: Nacido de hombre y de mujer. Ese mismo año publicó Soy leyenda, una fábula de vampiros de rara originalidad. El gusto por contar historias se lo debo primero a Matheson. Después vino Chandler con su mirada desencantada y hostil. Un mundo de tipos grandes como roperos, noches lluviosas y rubias fatales.

Los fantásticos vampiros de Matheson, entre los que estaban Laurel y Hardy, y el realismo romántico de Chandler sobreviven a las modas y las vanguardias porque el lector quiere verse ahí en sangre de papel. Necesita leer sus miedos. Con eso Stephen King escribe ahora una obra excesiva e inquietante. En uno de sus libros, un personaje acusa de plagiario al narrador, le mata el gato y se lo deja frente a la puerta. Es un momento insoportable en la literatura de terror. Algo cercano a los escalofriantes efectos de H. P. Lovecraft. Todos los escritores con corazón se han ganado un gato que los sigue y los protege. Tal vez el de Gibbins, cercado por el fuego, le haya pedido auxilio en nombre de los gatos inspiradores: el del Dante, el de Baudelaire, el de Lewis Carrol, el de Borges. (...)

Yo creía, Dios me perdone, que Matheson se había muerto de viejo. Pero no: allí estaba, peleando frente al fuego, apartando maderas en llamas, abriendo un camino para que su gato pudiera escapar con él. En el revoltijo alcanzó a salvar una carpeta con su último manuscrito. Es que siempre cuando uno rescata un manuscrito, hay un gato adentro. (...) Richard Matheson perdió todo: la casa, los muebles y los premios, pero alcanzó a salvar lo esencial: esa mirada que lo sostiene por las noches, cuando la palabra no viene y la novela no avanza. Esa mirada que nos atornilla al sillón, ese ronroneo que precede a la llegada del diablo."

OSVALDO SORIANO
Fragmentos de "Una educación Sentimental")